lunes, mayo 25, 2009

RASTROS DE LA FILOSOFÍA ESOTÉRICA EN EL GÉNESIS

Las religiones más antiguas del mundo —exotéricamente, porque la raíz o fundamento esotérico es uno— son la hindú, la mazdeísta y la egipcia. Viene luego la caldea, producto de aquéllas —enteramente perdida para el mundo hoy día, excepto en su desfigurado sabeísmo tal como al presente lo interpretan los arqueólogos. Después, pasando por cierto número de religiones de que se hablará más adelante, viene la judaica, que esotéricamente sigue la línea del magismo babilónico, como en la Kabala; y exotéricamente es, como en el Génesis y el Pentateuco, una colección de leyendas alegóricas. Leídos a la luz del Zohar, los cuatro primeros capítulos del Génesis son los fragmentos de una página altamente filosófica en la cosmogonía mundial.
— La Doctrina Secreta, I, 10-11
La primera lección que enseña la filosofía Esotérica es que la Causa incognoscible no produce la evolución, ya sea consciente o inconscientemente, sino que sólo exhibe periódicamente aspectos diferentes de sí misma para la percepción de las mentes finitas. Ahora bien; la Mente colectiva —la Mente Universal— compuesta de diversas e innumerables Huestes de Poderes Creadores, por más infinita que sea en el Tiempo manifestado, es, sin embargo, finita cuando se compara con el Espacio no-nacido e inmarcesible en su aspecto esencial supremo. Lo que es finito no puede ser perfecto…Los Elohim hebreos, llamados “Dios” en las traducciones, que crearon la “luz”, son idénticos a los Asuras arios. También se les llama “Hijos de las Tinieblas” como contraste filosófico y lógico con la luz inmutable y eterna… Los Amshaspends zoroastrianos crean también el mundo en seis días o períodos, y descansan en el Séptimo; mientras que ese Séptimo es el primer período o “día” en la filosofía esotérica (creación Primaria en la cosmogonía aria). Este Æon intermedio es el Prólogo de la Creación que se halla en las fronteras entre la Causación eterna increada y los efectos finitos producidos; un estado de actividad y energía nacientes, como primer aspecto del Reposo inmutable y eterno. En El Génesis, en el cual no se ha gastado energía metafísica alguna, sino sólo una agudeza e ingenio extraordinarios para velar la Verdad esotérica, la “Creación” principia en la tercera etapa de la manifestación. “Dios”, o los Elohim, son los “Siete Regentes” del Pymander. Son ellos idénticos a todos los demás Creadores.
— Ibid., II 487-8
ESTA NOCHE comenzamos nuestro estudio con la siguiente cita del primer volumen de La Doctrina Secreta, página 224:La Humanidad en su primera forma prototípica y de sombra, es la producción de los Elohim de Vida (o Pitris); en su aspecto cualitativo y físico, es la producción directa de los “Antepasados”, los Dhyanis inferiores, o Espíritus de la Tierra; pues su naturaleza moral, psíquica y espiritual, la debe a un grupo de Seres divinos, cuyo nombre y características se darán en el Libro II. Colectivamente, son los hombres el trabajo artesanal de huestes de espíritus varios; distributivamente son el tabernáculo de estas huestes; y en ocasiones, e individualmente, los vehículos de alguno de ellos.
Y en la página 225, segundo párrafo:El hombre no es, ni podría nunca ser, el producto completo del “Señor Dios”; pero es el hijo de los Elohim, tan arbitrariamente puestos en el género masculino y en el número singular. Los primeros Dhyanis, comisionados para “crear” el hombre a su imagen, podían únicamente proyectar sus sombras a manera de un modelo delicado, sobre el cual pudiesen trabajar los Espíritus Naturales de la materia (Véase Libro II). Sin duda alguna, el hombre se halla formado físicamente por el polvo de la Tierra, pero sus creadores y formadores fueron muchos.Parece aconsejable primero hablar de dos cosas, una cuestión menor y una cuestión mayor; tomemos primero la cuestión menor. Como se ha visto desde el principio de nuestros estudios, hemos estado presentando para consideración nuestra en cada una de nuestras reuniones, enseñanzas halladas en las grandes religiones del mundo, principalmente del pasado, que son similares o idénticas a las nuestras. Esto se hace para unir todas estas enseñanzas, tal como se encuentran en las viejas religiones, con las enseñanzas tal como fueron dadas por H. P. Blavatsky, esto es, con la teosofía. Esto muestra la universalidad de pensamiento en las religiones, y por ello provoca un espíritu de bondad y hermandad, y conduce a la acentuación del sentido moral que tanto hace falta en el estudio comparativo religioso de doctrinas de las religiones antiguas predominantes por la mayoría de los eruditos en el occidente de hoy. Suprime de una barrida la opinión egoísta de que “nosotros somos más perfectos y moralmente mejores que ustedes”, con la idea de que nosotros los occidentales somos una gente superior, y con la idea de que cierta raza y cierta religión son, por mandato de la Deidad, los receptáculos o vehículos escogidos para la única verdad: que todas las otras religiones son falsas, y que quienes las profesaban en tiempos antiguos eran simplemente ¡teas preparadas para arder!La segunda y mayor cuestión es esta. Hemos venido constantemente presentando ciertas analogías religiosas o filosóficas y ciertos puntos de vista sobre ellas que son auténticas piedras de toque doctrinales; siendo nuestro objetivo que aquéllos que puedan leer estos estudios puedan tener a mano, y —por medio de los pensamientos allí expresados— tener fijadas con claridad en sus propias mentes, claves con las cuales probar la verdad y la realidad de las doctrinas esenciales o fundamentales de estas religiones antiguas, porque todas estas doctrinas en su esencia y en su significado interno, en aquellas viejas religiones, son ciertas. En este sentido, el brahmanismo es correcto, en este sentido el buddhismo es correcto, asimismo el confucianismo, y las doctrinas de Lao-tsé llamadas taoísmo. Todas son verdaderas en ese sentido.Pero todas ellas han sido, en mayor o menor grado, sujetas a influencias de ciertas creaciones del antojo humano; y para uno que no ha sido entrenado en estos estudios, es a menudo una dificultad separar las extravagancias meramente humanas, de las enseñanzas de verdad natural de la antigua sabiduría-religión. Todas las religiones antiguas brotan de la misma fuente —la teosofía, como se le llama ahora—. Pero es, como se dijo antes, a veces una dificultad saber cuál es la enseñanza original y cuál sólo el agregado o creación humana. Estas creaciones de la fantasía humana y temor irreligioso son bastante evidentes en las dos religiones monoteístas modernas que han surgido del judaísmo, es decir, en el cristianismo y en el Islam. En estas dos, los agregados o fantasías son muy marcados; pero en ambos existe un sólido sustrato de pensamiento místico basado en las enseñanzas antiguas de la sabiduría-religión.En el cristianismo está particularmente presente en las formas neopitagóricas y neoplatónicas, tal como de alguna manera se cristianizaron y como se manifestaron en las enseñanzas de Dionisos, llamado el Areopagita; y en la posterior religión mahometana está de alguna manera manifestado más de lejos en los préstamos hechos principalmente al pensamiento griego, aunque también a otras fuentes, como las encontramos delineadas por los doctores y pensadores mahometanos, tales como Ibn Sina, comúnmente llamado Avicenna en Europa, un persa, quien vivió y escribió a finales del siglo décimo; por Averroes, en Córdova, España, correctamente llamado Roshd, quien floreciera durante el siglo doceavo; y por otro eminente erudito mahometano (mencionando, de muchos, estos tres) Al Farabi, del siglo décimo, turco por descendencia. La sabiduría antigua también afectó las enseñanzas de Mahoma de una forma altamente mística, aun cuando cambió grandemente, como se muestra en las doctrinas súfies, que son particular y manifiestamente de origen persa, debiéndose su auge a esa sutil gente de mente espiritual, los persas. Estas doctrinas son un muy grato contraste con las duras y mecánicas creencias religiosas que surgieron del egoísmo de las toscas tribus arábicas de ese período.El tema principal de nuestro estudio esta noche es la consideración de los versos de apertura del Libro de los Comienzos llamado Génesis —el primer libro en la Ley de los judíos—. Primero leeremos la traducción inglesa de estos versos tal como se encuentran en la “versión autorizada”, y del mismo capítulo haremos nosotros mismos una traducción, en la que ustedes serán capaces de ver las diferencias con la anterior; y explicaremos qué es la diferencia y cómo llega a ser, y para este propósito tendremos que hacer una breve exposición de ciertas particularidades del la antigua lengua hebrea.En la versión autorizada de la Biblia inglesa, llamada la versión del Rey Jaime, el Libro del Génesis abre como sigue:1. En el principio Dios creó el cielo y la tierra.2. Y la tierra estaba sin forma, y vacía; y la oscuridad estaba sobre la faz del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.3. Y Dios dijo: Que haya luz: y hubo luz.4. Y Dios vio la luz, que era buena: y Dios separó la luz de la oscuridad.5. Y Dios llamó a la luz Día, y a la oscuridad él la llamó Noche. Y la tarde y la mañana fueron el primer día.6. Y Dios dijo, Que haya un firmamento en medio de las aguas, y que separe las aguas de las aguas.7. Y Dios hizo el firmamento y separó las aguas que estaban bajo el firmamento de las aguas que estaban sobre el firmamento: y fue así.8. Y Dios llamó al firmamento Cielo. Y la tarde y la mañana fueron el segundo día.9. Y Dios dijo, Que las aguas bajo el cielo se junten en un lugar, y que la tierra seca aparezca: y fue así.10. Y Dios llamó a la tierra seca Tierra; y a la unión de las aguas la llamó él Mares: y Dios vio que eso era bueno.26. Y Dios dijo, Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza: y que tengan ellos dominio sobre el pez del mar, y sobre el ave del aire, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre cada cosa reptante que se arrastre sobre la tierra.27. Así creó Dios al hombre a su propia imagen, a la imagen de Dios él lo creó; macho y hembra él los creó.En primer lugar, el hebreo es una lengua semítica, una de las compañías de idiomas de las que el árabe, el etíope, el arameo (o aramaico), el fenicio y el asirio son otros miembros. El hebreo en el que la Biblia está escrita es llamado del hebreo Bíblico. Es hebreo antiguo. El idioma hablado en Palestina para el tiempo en que Jesús se supone que vivió sobre la tierra en Jerusalén y alrededor de esa región, era el arameo, y no el hebreo, que para entonces estaba extinto como lengua hablada, y, claro, cuando habló a sus discípulos les habló en arameo.El idioma hebreo, tal como se encuentra en los manuscritos antiguos de la Biblia —ninguno anterior, probablemente, al siglo noveno de la era cristiana— está escrito con “puntos”, que toman el lugar de las vocales, porque la escritura hebrea es un sistema de consonantes. Tiene el aleph o a, que es no obstante reconocida como consonante; Tiene el waw o w, que es también reconocida como consonante; y tiene el yod o y, también reconocida como consonante, pero no tiene signos de vocales propias.Por tanto, el idioma está escrito sin verdaderas vocales. Además, en los manuscritos más antiguos —y desde luego era así en los textos originales o pre-cristianos— las letras corren todas juntas, siguiendo una después de la otra, sin separación de palabras. Posiblemente había algunas marcas, por las que ciertos asuntos en el texto eran señalados como de particular importancia; pero las letras se seguían unas a otras de forma interminable, sin separación entre palabras, y sin vocales. Así, ven ustedes, hay un campo abierto para muchas clases de especulación, incluso para eruditos hebreos muy capaces, en cuanto a lo que podría haber originalmente significado cierta combinación de letras halladas en este interminable torrente. Esta manera de escribir era universal, prácticamente, en los tiempos antiguos; los primeros manuscritos griegos y latinos del Nuevo Testamento están escritos de esta manera, que sólo seguía la costumbre antigua, como puede aún verse en las ruinas de los edificios públicos en Grecia y en Roma. Obviamente, la interpretación, o lectura correcta, era a menudo dudosa: el lector podría estar bastante indeciso acerca del sentido original de un pasaje en un manuscrito así escrito.Tanto era este el caso, que surgió en Palestina, en una fecha indeterminada —pero sabemos que podría remitirse a cerca del tiempo de la caída de Jerusalén antes de Tito o, digamos, cerca del principio de la era cristiana—, una escuela de intérpretes, quienes interpretaban por medio de lo que se complacían en llamar “tradición”, māsōrāh, es decir, conocimiento “tradicional”, cómo la Biblia hebrea debía de ser leída, cómo estos torrentes de consonantes debían de ser divididas para ser leídas en palabras, y qué puntos de vocal debían de ser puestos allí para arreglar la pronunciación de acuerdo con eso. Este sistema de “puntos” probablemente no fue introducido en el texto hasta el siglo séptimo. Esta escuela fue llamada la Escuela del Māsōrāh, y a sus expositores y seguidores se les llamó: masoretes.Esta Escuela del Māsōrāh alcanzó su mayor desarrollo y finalización probablemente en el siglo noveno de la era cristiana. Pero aunque esta escuela dependía sobre lo que se llamó tradición, no hay una certeza de prueba de que las interpretaciones de sus propias combinaciones de letras en palabras fueran siempre correctas. Parecen éstas haber tenido, sin embargo, y haber pasado a la posteridad, algún conocimiento del sentido original general.Para ilustrar este asunto, tomemos las primeras cinco palabras inglesas del Génesis: descartemos todas las vocales, reteniendo sólo las consonantes, y tenemos esto: nthbgnnnggdcrtd. Acá pueden ustedes insertar vocales casi a voluntad al buscar un significado. “En el principio Dios creó [In the biginning God created. N. del T.]”, ¡y ahora imaginen interminables líneas de tales consonantes!Agreguen a eso el hecho de que la escritura hebrea comienza a la derecha y corre hacia la izquierda. Además, empieza en lo que nosotros llamaríamos el final del libro, y corre hacia el frente, tal como las escrituras en otras lenguas semíticas lo hacen. Esta manera de escribir no era poco común en otras gentes en los días antiguos. La escritura griega y latina, en tiempos antiguos, a veces seguía este sistema, pero luego, como pueden ver ahora si han estado en Grecia y en Roma, en las viejas inscripciones sobre los templos y en cualquier otro lugar, comenzaba a la izquierda y seguía hacia la derecha, usualmente sin separación de palabras. En las escrituras griegas (y de otros lugares también) muy viejas, también tenían lo que llamaban boustrophedon, de dos palabras griegas que significan “vuelta de buey” tomado del camino seguido por el buey del arado: cuando comienza, digamos, de un extremo de un campo, va hacia el otro extremo, y luego da la vuelta y regresa en la dirección opuesta, paralelo con la otra línea, al arar sus ranuras. Este método no es seguido en los manuscritos hebreos de la Biblia que nosotros poseemos.Ahora bien, al comenzar nuestra traducción de los primeros versículos del Génesis, nos encontramos en las primeras dos palabras con una dificultad. Estas palabras pueden ser traducidas de dos o tres maneras diferentes. La traducción tal como es dada en las Biblias europeas, y tal como se encuentra en la versión inglesa autorizada, es una interpretación bastante correcta en lo que toca a las meras palabras; pero cualquiera que haya emprendido la traducción a partir de un lenguaje extranjero, y particularmente a partir de uno muerto, y más especialmente a partir de una lengua religiosa, y una de una escrita evidentemente más o menos en clave, puede darse cuenta de las dificultades que yacen en el escoger los varios significados que cualquier palabra puede tener, en escoger cuál es la palabra que resulta mejor para la traducción, cuál palabra lleva el significado más cercano a la intención del escritor. Las primeras dos palabras tal como son leídas usualmente son be y rēshīth; y separadas así, su significado es el siguiente: be significa “en”, rēshīth significa “principio”, siendo esta segunda palabra una forma femenina que viene originalmente de la palabra masculina rēsh, o rōsh, que significa (entre muchas otras cosas) “cabeza”, “parte principal”, “parte primera”. Por tanto, podríamos traducir be rēshīth como “en primera parte”, o “en la parte superior”, etc.Pero esta misma combinación de letras —brashīth— puede ser traducida también (dividiendo de forma diferente) como bōrē, una palabra, un verbo, y shīth, otra palabra, un nombre: bōrē significa “formando”, y shīth, una “institución”, “establecimiento”, “disposición”. “Formando el establecimiento (o la disposición)” —¿de qué? El texto prosigue diciendo lo que es dispuesto o establecido—. Por disposición “formaron los Elohīm el cielo y la tierra”.Además, la palabra rēsh, o rōsh, seleccionada arriba, puede significar también “cabeza”, como se dijo antes, significando “sabiduría”, o “conocimiento”; por tanto, “en sabiduría los Elohīm formaron cielos y tierra”. Recuerden, está permitido intercalar vocales casi a elección, porque las vocales no existen en el texto original del libro, en la Biblia misma; de aquí la apertura a más de sólo una interpretación.Rēsh, o rōsh, entonces, también significa “cabeza”; significa asimismo “sabiduría”; significa también “hueste” o “multitud”. Así que acá podemos seleccionar incluso otra —una cuarta— traducción: berēsh, “en multitud”, o “por multitud”. Yithbārē sería entonces la próxima palabra, “formaron Elohīm”. Acá viene de nuevo otro cambio notable en el significado —y estoy haciendo estas observaciones para señalar cómo puede tener muchas traducciones el texto de la Biblia. Suponiendo entonces que dividamos las primeras catorce letras hebreas del texto en las siguientes combinaciones de palabras: be-rēsh yithbārē elohīm, tenemos (usando yithbārē, que es una de las formas del verbo hebreo, llamado la forma reflexiva, significando acción sobre uno mismo) la siguiente traducción: “por multitud”, “por medio de una multitud, los dioses se formaron a ellos mismos”. ¿Qué sigue en el texto? “en los cielos y la tierra”, esto es, “en una hueste (o multitud) los dioses se formaron (hicieron) a sí mismos en los cielos y la tierra”. Véase la vasta diferencia en significado de la versión autorizada. Esta última traducción creemos que es la mejor; muestra de inmediato la identidad de pensamiento con todos los otros sistemas cosmogónicos.“Por multitud formados” (o “desarrollados”: esta palabra bārā significa “engrosarse”, “dar forma”, “volverse pesado o grueso”, “cortar”, “formar”, “ser nacido”, “desarrollar”) —“por (o en) multitud” o “a través de (o en) multitud se desarrollaron a sí mismos los Elohīm en los cielos y la tierra”.Ahora la cuarta palabra, elohīm: ésta es una palabra muy curiosa. La primera parte de ella, sola, es el, que significa “dios”, divinidad, de la que viene la segunda, una forma femenina, elōh, “diosa”; īm es sólo el plural masculino. Así, si traducimos cada elemento en esta única palabra, significaría, “dios, diosa, plural” —mostrando la esencia andrógina de las divinidades, por decirlo así: los opuestos polares de la jerarquía, la dualidad esencial en la vida.Versículo 2: “Y la tierra se volvió etérea”. Ahora la segunda palabra, un verbo, en el texto hebreo del segundo versículo responde a dos verbos latinos: esse, “ser”, y fieri, “llegar a ser o volverse”, como el griego gignomai, que significa “llegar a ser o volverse”, llegar a ser un nuevo estado de algo. “Y la tierra se volvió” o “llegó a ser etérea”. Las siguientes dos palabras (tohū y bohū) del texto, que acá traducimos como “etérea [ethereality. N. del T.]”, son palabras muy difíciles para interpretar correctamente. Ambas significan “vacío”, “desecho”, “inmaterialidad”, por tanto “disolución”; la idea fundamental significa: algo insustancial, no materialmente grosero. Continuamos nuestra traducción: “Y la oscuridad sobre la faz de los éteres. Y el rūahh (el espíritu-alma) de los dioses (o Elohīm) (se agitaba, revoloteaba) empollando”. La palabra que traducimos como “empollando” se deriva de, y significa, la acción de una gallina que se agita, revolotea y empolla sobre los huevos en su nido. ¡Cuán gráfica, cuán significativa es esta figura de lenguaje!Acá ven ustedes el mismo pensamiento que se ve en prácticamente todas las enseñanzas antiguas: la figura o símbolo del alma cósmica empollando sobre las aguas del espacio, preparando el huevo del mundo, el del huevo cósmico y el pájaro divino poniendo el huevo cósmico. “Y el espíritu-alma de los Elohīm empollando sobre la faz de las aguas”, dice el texto hebreo. Ahora bien, “aguas”, como hemos mostrado antes, era una expresión común, o símbolo, para el espacio, la etérea expansión, por decirlo así. Continuamos con nuestra traducción:Y dijeron (los) Elohīm (los dioses) —¡Luz, ven a ser! y la luz vino a ser. Y vieron (los) dioses la luz, que (era) buena. Y dividieron los Elohīm entre la luz y entre la oscuridad. Y llamaron los Elohīm la luz, día, y la oscuridad llamaron ellos, noche. Y (ahí) vino a ser la tarde, y (ahí) vino a ser la mañana. Día uno. Y dijeron los Elohīm, (que ahí) venga a ser una expansión en (el) medio de las aguas, y que haya un separador (divisor) entre aguas y aguas. E hicieron los Elohīm (o los dioses) la expansión, y separaron ellos entre las aguas que (estaban) debajo de la expansión, y entre las aguas que (estaban) sobre la expansión, y (eso) vino a ser así. Y llamaron los Elohīm (los dioses) a la expansión: cielos, y (ahí) vino a ser la tarde, y (ahí) vino a ser la mañana. Día segundo. Y dijeron los Elohīm (los dioses), (que ahí) sean reunidas juntas [i.e., solidificadas, condensadas] las aguas sobre los cielos en un lugar, y (que ahí) sea vista la parte seca [la parte solidificada o manifestada —la palabra significa “seca” en oposición a la humedad; humedad significa agua, significa espacio, por tanto, la materia colectada de un planeta por ser, de un sistema solar por ser, o un universo por ser], y (eso) vino a ser así. Y llamaron los dioses la parte seca: tierra, y la solidificación (el acumularse juntas) de las aguas llamaron: los mares. Y vieron los Elohīm (los dioses) que (eso era) bueno.Ahora, cambiando a los versículos 26, 27, 28 del mismo primer capítulo:Y dijeron (los dioses) los Elohīm, Hagamos a la humanidad [la palabra es: Ādām] en nuestra sombría imagen [en nuestra sombra, en nuestro fantasma; la palabra es tselem], de acuerdo a nuestro patrón (o modelo). Y que desciendan ellos en el pez del mar y en las criaturas voladoras de los cielos, y en la bestia, y en toda la tierra, y en todas las criaturas móviles que se mueven sobre la tierra. Y formaron [o dieron forma, o desarrollaron, el mismo verbo que arriba: bārā] los Elohīm (los dioses) a la humanidad en su fantasma, en la sombría imagen de los Elohīm, lo formaron (o desarrollaron) ellos a él.Ahora vienen dos palabras muy interesantes, usualmente traducidas “varón y hembra”, que son dos de los significados que respectivamente se hallan en los diccionarios; pero los significados-raíz de estas palabras son “pensador y receptor” (o receptáculo): “pensador y receptáculo los desarrollaron a ellos. Y los bendijeron los Elohīm”, esto es, Elohīm los bendijo, “y dijeron a ellos los Elohīm, sean fructuosos, increméntense y llenen la tierra” etcétera.Por lo tanto, ven ustedes que acá, sólo al usar otras palabras que aquéllas que usualmente escogen los traductores cristianos, o los posteriores traductores judíos, y aún palabras reconocidas por los diccionarios, y sin forzar ningún significado, hemos encontrado los significados idénticos de las enseñanzas esotéricas como fueron esbozados en La Doctrina Secreta cuando trataba estos temas. Primero, la jerarquía y sus divinidades manifestadas desarrollando el universo o kosmos a partir de ellos mismos, usando la forma reflexiva del verbo hebreo bārā, como se muestra arriba. Además, un estudio del primer versículo del Génesis nos mostrará que la evolución tratada en él no tiene relación solo y especialmente con la creación de esta tierra o de alguna otra tierra en particular, sino que es una doctrina general que hace referencia, más bien, a la primera manifestación del ser material en el espacio etéreo, y que las aves del aire y el pez del mar y las bestias, de los que se habla, no necesariamente se refieren (aunque podrían) a animales particulares que nosotros conocemos bajo esos nombres sobre la tierra, sino que también se refieren (de acuerdo con el bien conocido hecho de la mitología antigua) a los “animales de los cielos”, de los que hablamos en nuestro último estudio, i.e., a cada globo de las esferas estrelladas, a cada nebulosa y a cada cometa, cada uno de estos seres siendo considerado, en las enseñanzas antiguas, como un ser viviente, un “animal”, teniendo su cuerpo físico, y teniendo detrás de él su director, o gobernador, o divina esencia, o espíritu.Además, vemos que los Elohīm desarrollaron al hombre, a la humanidad, a partir de ellos mismos, y le dijeron que llegara a ser, luego que tomara parte y animara a estas otras criaturas. En realidad, estos hijos de los Elohīm son, en nuestras enseñanzas, los niños de la luz, los hijos de la luz, que somos nosotros mismos, y sin embargo diferentes de nosotros, por superiores, aunque son ellos, interiormente, nuestros propios seres. De hecho, los Elohīm llegaron a ser, o se convirtieron en, su propia prole, permaneciendo todavía, en un sentido, siempre como la luz inspiradora de dentro, o más bien, de encima, de acuerdo con la interpretación autorizada por las mismas palabras escogidas del diccionario y sin incumplir ninguna regla de la gramática hebrea. Pues, siguiendo las enseñanzas antiguas de la filosofía esotérica, y reforzada por exactamente similar pensamiento en las enseñanzas religiosas babilonias, de las que originalmente estas enseñanzas hebreas vinieron, vemos que los Elohīm se proyectaron a ellos mismos en las formas nacientes de la entonces “humanidad”, que de ahí en adelante fueron “hombres”, por muy imperfecto que fuera aún su desarrollo.¿Qué eran estos Elohīm, estas divinidades, estos dioses? En el sistema jerárquico de la Qabbālāh son los sextos en derivación contando desde arriba, a partir del primero o la Corona, y por tanto de ningún modo son los más altos. Eran, cosmogónicamente, los formadores manifestados o tejedores del tejido del universo. Jehová, de quien se habla en el segundo capítulo del Génesis, es la tercera potencia angélica, contando hacia abajo a partir de la Corona —la cima de la jerarquía de la Qabbālāh.En el capítulo cinco del Génesis, versículos 1 y 2, hay una interesante expresión. Traducimos nosotros:Este (el) libro de las generaciones de la humanidad (Ādām). En el día de los Elohīm (los dioses) desarrollando a la humanidad, en el patrón (o modelo) de los Elohīm, lo hicieron ellos a él. Pensador-y-receptáculo los hicieron ellos a ellos, y los bendijeron y llamaron su nombre de ellos: humanidad (o Ādām) en el día de su hechura.Evidentemente, no es cuestión acá de una sola pareja humana, de un hombre y una mujer tal como lo entendemos, sino de la naciente humanidad andrógina, y ellos tenían un nombre, Ādām, y sus atributos eran: pensador y estuche (o receptáculo): seres etéreos —niños de los Elohīm, que son éstos mismos— capaces de pensamiento, de recepción, entendimiento y desarrollo, bajo las lecciones que debían seguirse a partir de sus encarnaciones en los seres inferiores de carne en los que ellos mismos se desarrollaron, e indicados bajo los términos expuestos acá: las “aves” del “aire”, y el “pez” del “mar”, y cada cosa viviente que se mueva sobre la faz de la tierra.Estas escrituras antiguas tienen más de una aplicación mística o esotérica, o, como H. P. Blavatsky dice, tienen más de una clave. Pero, de nuevo, ¿qué o quiénes eran estos Elohīm? Ellos eran nuestras mónadas —como el término es usado en teosofía—. Es curioso, por cierto, que Leibniz, el gran filósofo eslavo-germánico, desarrollara una teoría de la evolución monádica que es singularmente como la nuestra en algunos aspectos. Para él, el universo estaba repleto de entidades en progreso, que él llamó mónadas, seres espirituales que se desarrollaron por medio de las fuerzas innatas en ellos, aunque actuando y reaccionando unos sobre otros —un eco fiel, hasta donde va, de la antigua sabiduría-religión.De nuevo, ¿qué queremos decir cuando hablamos respectivamente de emanación, evolución y creación? Emanación y evolución son cercanamente similares en significado. Emanación viene de una palabra latina que significa “efluvio”, y en todas las enseñanzas antiguas de importancia, la idea era que los dioses activamente, transitivamente, “efluyeron” a partir de ellos mismos su prole o hijos. Evolución es también una palabra latina y significa “desenrollo”, “desenvolvimiento”, algo que está desenvuelto; y obviamente una cosa que está “efluida”, usando las palabras transitivamente, está también desenrollada, desenvuelta.Ahora bien, creación, en su sentido latino, originalmente significaba prácticamente lo mismo que la palabra hebrea bārā. Significaba “hechura”, “formación”, “escultura”, “recorte” —por supuesto, a partir de un material o materia pre-existente—, y la teoría cristiana (que más o menos era la de los judíos en sus días tardíos) de que Dios hizo al mundo “de la nada” es ridícula, absurda, tanto histórica como lingüísticamente. No está fundada en ninguna enseñanza antigua de ningún tipo, y surge bastante naturalmente, en un sentido, de la manía monoteísta que se esforzó por hacer a Dios extra-cósmico, aparte del universo, y sobre él, un espíritu puro, sin tener relación de ineluctable unión con sus criaturas, Dios el “Padre y Hacedor” de ellos, y sin embargo una absoluta no-entidad personal —que no tiene “cuerpo, partes o pasiones”, y sin embargo, con todo, ¡una Persona! Por supuesto, los dos conceptos son contradictorios y mutuamente destructivos, y si tuviéramos el tiempo sería fácil extenderse más sobre el ridículo absurdo del que hablamos.Podemos ver, por consiguiente, al cerrar nuestro estudio esta noche, que es muy difícil decir cuál de estas tres, emanación, evolución, creación, es primero en el orden de sucesión. ¿Era la emanación, seguida por la evolución, seguida por la creación; o era la evolución, seguida por la emanación, seguida por la creación? Ciertamente, la creación —en su sentido original de dar forma, formar— viene al final de las tres, como se muestra fácilmente. La dificultad radica en el hecho de que en cada acto cósmico de emanación, inmediatamente percibimos un acto de evolución o de desenvolvimiento; y en cada acto de evolución, inmediatamente percibimos un acto de emanación. Cada mónada pari passu pasa de una a la otra, justo como toda la humanidad se desarrolló pari passu de una a la otra. Debemos decir, probablemente, que la emanación, la evolución y la creación, trabajan simultánea y coordinadamente, durante la manifestación.Pero tomando la cuestión desde un punto de vista puramente filosófico, es probablemente exacto y mejor decir que el primer paso desde lo que llamamos lo Inmanifestado hacia lo manifiesto, es la emanación, un efluir de su fuente de una mónada, o mejor aún, de una hueste de mónadas que, mientras por turno siguen el patrón determinado para ellas por su fuente y su pasado kármico, se vuelven oscuras y más materiales, en proporción al retiro de su fuente central de vida; y, de nuevo, mientras emanan, ellas también se desarrollan, trayendo de dentro eso que ellas son o tienen innato, y hacen esto de acuerdo con las líneas o patrones kármicos que hemos vagamente tocado en estudios previos, cuando hablamos de los skandhas, porque cada acto de emanación y de evolución da comienzo a un nuevo ciclo de vida sucediendo al pralaya o período de descanso de un anterior período de vida o manvantara. Luego, finalmente, cuando el período de auto-conciencia se alcanza en la progresión cíclica de la evolución, viene un período de voluntad, de elección consciente, cuando el hombre comienza a “crear” o a dar forma voluntariamente; esto es, a través del ejercicio de su voluntad, de su intuición y de su intelecto, él esculpe su propio destino y asimismo afecta creacionalmente al mundo que existe alrededor de él.

De: Fundamentos de la filosofía esotérica
G. de Purucker

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lunes, mayo 18, 2009

El Zohar y la Kábala

La Qabbalah, la enseñanza tradicional de los sabios entre los judíos, es una instrucción maravillosa; contiene en esbozo o en epítome todo principio fundamental o enseñanza que La Doctrina Secreta contiene. Las enseñanzas de la Qabbalah son a menudo expresadas en un lenguaje ameno y a veces divertido; algunas veces su lenguaje se eleva a la altura de lo sublime. ¿Qué tiene que decir el Zohar, el segundo de los grandes libros que quedan de la Qabbalah, de la manera en que los libros religiosos judíos deben ser estudiados? Dice esto (iii, 152a):Maldito sea el hijo del hombre que dice que la Torah [la Biblia hebrea, en especial el Pentateuco, o mejor aún los primeros cuatro libros de la Biblia excluyendo el Deuteronomio, el quinto] contiene dichos comunes y narrativas ordinarias. Si éste fuera el caso podríamos en el presente componer un código de doctrinas a partir de escrituras profanas que despertarían mayor respeto. Si la Ley contiene un asunto ordinario, entonces hay sentimientos más nobles en los códigos profanos. Vamos y hagamos una selección de ellos y seremos capaces de compilar un código muy superior. ¡No! Cada palabra de la Ley tiene un sentido sublime y un misterio celestial… Como los ángeles espirituales tuvieron que ponerse vestiduras terrenales cuando descendieron en esta tierra, y de la misma manera como no pudieron haber permanecido ni ser entendidos en la tierra sin ponerse tales vestiduras, así mismo sucede con la Ley. Cuando descendió sobre la tierra, la Ley tuvo que ponerse una vestidura terrenal para ser entendida por nosotros, y las narrativas son sus vestiduras… Aquéllos que tengan entendimiento, no vean las vestiduras sino el cuerpo [el significado esotérico] debajo; mientras que los más sabios, los sirvientes del Reino celestial, aquellos quienes moran sobre el Monte Sinaí, no miren a nada más que al alma —i. e., a la suprema doctrina secreta o sabiduría sagrada oculta debajo del “cuerpo”, debajo de las narrativas exotéricas o historias de la Biblia.En estos días, cuando los modernistas y los fundamentalistas riñen —riñen innecesariamente sobre superficialidades exotéricas, sobre cosas que surgen del egoísmo de los hombres, sobre las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia cristiana, cada uno de ellas basadas probablemente en antigua filosofía esotérica pagana—, es una pena inmensa que no sepan ni comprendan que esta enseñanza de la Qabbalah, tal como es expresada en el Zohar, es una verdadera enseñanza; ya que bajo cada vestidura está la vida. Así como Jesús enseñó en parábolas, así la Biblia fue escrita en figuras de lenguaje, en metáforas.

Fundamentos de la Filosofía Esotérica
G. de Purucker

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miércoles, junio 06, 2007

FUNDAMENTOS DE LA FILOSOFÍA ESOTÉRICA




DIECISIETE
__________


EL OBSERVADOR SILENCIOSO.


Durante incontables generaciones, el adepto edificó un templo de rocas imperecederas, una Torre gigantesca de PENSAMIENTO INFINITO, donde moró el Titán y donde, si fuera necesario, todavía viviría solo, sin salir más que al final de cada ciclo, para invitar a los elegidos de la humanidad a cooperar con él, y para ayudar, a su vez, a iluminar al hombre supersticioso. Y nosotros proseguiremos con ese nuestro trabajo periódico; no permitiremos que se frustren nuestros intentos filantrópicos hasta el día en que los cimientos de un nuevo continente de pensamiento estén tan firmemente asentados que ninguna acumulación de malicia ignorante y de oposición, guiada por los Hermanos de la Sombra, puedan prevalecer.
Pero hasta ese día del triunfo final alguien tiene que sacrificarse —si bien sólo aceptamos víctimas voluntarias. La ingrata tarea la dejó postrada [H. P. B.] y desolada entre los vestigios de la miseria, de la incomprensión y del aislamiento; pero ella tendrá su recompensa en el futuro, porque nosotros nunca fuimos desagradecidos. Con relación al Adepto —no uno de mi categoría, mi buen amigo, sino uno mucho más elevado— podría usted haber terminado su libro con aquellas líneas de "El Soñador Despierto" de Tennyson — usted no lo reconoció:
"¿Cómo podríais reconocerle? Estabais todavía dentro
Del círculo más estrecho; y él casi había alcanzado
El último, el cual, con una zona de llama blanca,
Pura y sin calor, ardiendo en un espacio más grande
Y en un éter de un azul oscuro
Envuelve y ciñe todas las demás vidas...."

Cartas de los Mahatmas, p. 51

Iniciamos nuestro estudio leyendo una parte de los pasajes de La Doctrina Secreta que leímos en nuestra última reunión, es decir, del volumen I, páginas 207 y 208:

Los Arhats de la “niebla de fuego”, los del séptimo peldaño, se hallan tan sólo a un paso de la Raíz Fundamental de su Jerarquía, la más elevada que existe sobre la Tierra y en nuestra Cadena Terrestre. Esta “Raíz Fundamental” tiene un nombre que puede traducirse tan sólo por medio de varias palabras compuestas: el “Baniano-Humano siempre Viviente”. Este “Ser Maravilloso” descendió de una “elevada región”, dicen, durante la primera porción de la Tercera Época, antes de la separación de sexos en la Tercera Raza.

Y luego leemos el último párrafo de la página 208:

Es bajo la dirección directa y silenciosa de este MAHA- (gran) GURÚ que todos los demás Maestros e Instructores menos divinos de la humanidad, se convirtieron, desde el despertar primero de la conciencia humana, en los guías de la Humanidad primitiva. Es a través de estos “Hijos de Dios” que aquella humanidad infantil obtuvo sus primeras nociones de todas las artes y ciencias, lo mismo que las del conocimiento espiritual; Ellos fueron quienes colocaron la primera piedra fundacional de aquellas civilizaciones antiguas que tan perplejos dejan a nuestras generaciones modernas de escritores y de eruditos.

Como hicimos notar en nuestra última reunión, nos estamos aproximando a una parte de nuestros estudios en donde, para usar las palabras de los antiguos pensadores, casi sentimos que debemos quitarnos nuestro calzado, porque pisamos tierra santa. Estos sublimes pasajes contienen, de hecho, el esbozo del significado de la séptima de las siete joyas o tesoros de la sabiduría, que tiene el nombre técnico de ātma-vidyā. Esta frase significa literalmente “auto-conocimiento”.
Ahora bien, esta palabra sánscrita ātman es en extremo difícil de traducir, pero las palabras castellanas “sí mismo” o “ser” parecen acercarse a una traducción adecuada. Ātma-vidyā significa mucho más de lo que de ordinario podríamos entender por las palabras “conocimiento del ser o del sí mismo”; no obstante, si pudiésemos conocer el ser o el sí mismo en su totalidad, podríamos conocer todo el conocimiento que para un hombre es posible conocer. De ahí que se le dé ese nombre técnico como descriptivo del entero ramal de la filosofía esotérica que contiene esta séptima joya. Como están las cosas, sólo podemos conocer partes de este ramal de la filosofía esotérica. Se nos dice que está insinuado en las escrituras antiguas, de manera particular en la sánscrita, y que incluso los seres más espirituales sobre la tierra, en esta nuestra edad, no conocen por completo todo lo que está contenido en este tesoro. Es posible que no exista en la actualidad ni una docena de seres pensantes sobre la tierra, quienes, por supuesto, comprenden los más superiores y sagrados hombres que la tierra ha dado hasta el presente período de evolución, que puedan entenderlo por completo y en cualquier sentido. Pero podemos tomar y entender partes apropiadas de este sublime misterio de sabiduría; y esto último es lo que intentaremos hacer, con el fin de elucidarlo al máximo de nuestra capacidad esta noche.
En nuestra última reunión declaramos que este séptimo tesoro o séptima joya puede ser considerado como un estudio del problema de cómo el Uno se vuelve los muchos; pero por cierto que también dijimos que el Uno esencialmente nunca se vuelve los muchos. Bien podría uno también decir que el sol que nos da nuestra luz desciende a la tierra para hacerlo; pero no lo hace. Envía sus rayos, las emanaciones de sí mismo, que iluminan, vitalizan y estimulan nuestro mundo de materia; y con respecto al Uno el caso es similar.
Además, ¿qué queremos decir por el Uno? Es obvio que no queremos decir el Dios personal de cualquier teología exotérica. No importa cuán grande, cuán vasto en el ámbito de la espiritualidad, podamos considerar que sea este Uno, es todavía una unidad, un ser, y por lo tanto es finito. En consecuencia, para elucidar nuestro problema, acudimos a otro de estos siete tesoros, y encontramos una ilustración de este ramal particular de nuestro problema en los lokas —una palabra técnica para jerarquías, como también lo es brahmānda, o “huevo de Brahmā”— de los que el Uno es la raíz fundamental si lo consideramos como el origen de todos los seres y cosas en esa jerarquía; o la flor, cima o pináculo si lo consideramos como la meta y fin de nuestra evolución. Por lo tanto, esto es el Uno. Pero hay otros Unos, innumerables Unos, en el universo kósmico; algunos superiores a nuestro más alto grado, o inferiores a nuestro más bajo grado.
Sin duda recordarán que al estudiar la doctrina de las jerarquías mostramos que éstas eran interminables en número. A cada una de ellas mismas puede considerársele como una unidad; y hay muchas sobre nosotros y muchas debajo de nosotros: innumerables de ellas sobre nosotros e innumerables de ellas debajo de nosotros; innumerables de ellas dentro e innumerables de ellas fuera de nuestra jerarquía kósmica. Son interminables en número, en todas direcciones. Sin embargo, de este Uno de nuestra jerarquía, y en este caso queremos decir el kosmos universal o el universo kósmico, viene toda nuestra vida, todo nuestro ser, todo lo que somos por fuera y por dentro. Es la fuente y origen de todo lo que podemos ser y conocer, que trabaja en y sobre ese telón de fondo del Ilimitado que comprende el agregado sin límites de todas las otras jerarquías, cualesquiera que éstas sean.
La más extensa, vasta e inmensa jerarquía de nuestra desbocada imaginación no es más que una mota de polvo, un solo átomo, en comparación con el Ilimitado. Al Ilimitado no puede nunca ni en ningún sentido considerárselo como uno, como una mera unidad. Uno implica lo finito, el principio del cómputo o de la enumeración; y nosotros tenemos que pensar acerca del Ilimitado como un cero, que significa infinitud sin fin e ilimitada, sin calificaciones de ningún tipo, las cuales pertenecen a todo lo que es manifestado o limitado; y, del otro lado de la ilustración, significa la todo-circundante, sin fin, ilimitada Plenitud del Todo. Éste es el Espacio, que es ya sea la ilimitada Plenitud del Todo, o la ilimitada Vacuidad del Todo, de acuerdo a como lo veamos. El último modo de verlo es el profundamente espiritual śūnyatā de los filósofos buddhistas.
Cambiemos por un momento a otro tema afín. ¿Hemos considerado y ponderado alguna vez el significado de la palabra inmutable cuando la gente la usa como sucede algunas veces cuando se habla de temas tales como el Espacio, el Ilimitado, etc.? ¡¿Se nos ha ocurrido alguna vez intentar percibir que si el Ilimitado fuese inmutable, incluso durante la más diminuta fracción de un segundo, la entera estructura del ser kósmico universal se desvanecería en un pestañeo, como una sombra sobre una pared?! Todo cuanto podemos saber, o figurarnos mentalmente, de tan ilimitable y vasto asunto como el del Ilimitado, resulta en pensamientos que con vaguedad expresamos en palabras o frases como “vida ilimitada”, que es movimiento: actividad sin fin y sin comienzo. La inmutabilidad es un fantasma de la imaginación, un mero reflejo en nuestras mentes de corte finito. Hay movimiento incesante; vida incesante, sin principio y sin fin en los campos sin horizontes del Ilimitado.
Cuando consideramos al Uno, la cima o la raíz fundamental de nuestra propia jerarquía —o de cualquier otra jerarquía—, por intuición espiritual podemos entender la verdad concerniente a él; pero si vamos más allá de esa jerarquía, moviéndonos paso a paso desde las esferas inferiores hasta alcanzar las superiores, siempre tenemos que alcanzar y alcanzaremos un punto donde nuestro entendimiento e imaginación cae impotente ante la inmensidad del (para nosotros) incomprensible, porque de ningún modo podemos abarcarlo o comprenderlo; sólo podemos percibir que en Eso y de Eso está la vida infinita, que en su incesante e inacabable movimiento es inmutablemente el mismo siempre. Sólo en este sentido paradójico es permisible el uso de la palabra inmutable. Esto respecto al Ilimitado. Pero con respecto al Uno, es analógicamente inmutable sólo para su propio período de actividad como fuente de una jerarquía, y sólo para aquéllas debajo de él; y de ahí que ocasionalmente encontrarán que en nuestros libros se habla de “ley inmutable”, ésa que para las “siete eternidades”, que es lo que dura nuestro período de manifestación, “no varía ni conoce sombra de cambio”. Y, ¿por qué? Porque esa más alta cima, ese Uno, es el supremo Observador Silencioso, el supremo Dador de Vida, el grande y supremo Sacrificio —para usar los términos que empleara H. P. Blavatsky— de nuestra gran jerarquía kósmica, que es la más alta que nuestra imaginación puede alcanzar. Pero no confundan este supremo Observador Silencioso con el Observador Silencioso de la jerarquía menor de los Maestros.
Cuando nuestra jerarquía entra en pralaya —que significa la liberación de la totalidad de vidas y vida para cosas superiores y espirituales de más grande valor y de más noble alcance que aquéllas que tenemos ahora o que podemos siquiera concebir—, cuando eso sucede, digo, no es sino como el pasar, por decirlo así, de una nube por encima de la “faz del Ilimitado”, y huestes de otros universos vienen entonces, de igual manera, a la vida manifestada así como el nuestro estará a su vez saliendo de ella para ir a su descanso praláyico. Traten y formen un concepto simple acerca del significado de la eternidad sin fin ni principio y acerca del Ilimitado, y pasen a otra cosa: vida incesante, actividad eterna, vida y conciencia sin fin en incesante movimiento por todos lados. Son sólo “partes” —las que, comparadas con la totalidad que es el Ilimitado, son como nada—, y sólo tales partes, por ponerlo así: esto, eso u otra parte, la que, en su māyā o vida manifestada y reposo no manifestado, es activa o pasiva alternadamente, y la que desaparece y luego regresa de nuevo. Los sabios antiguos nunca agobiaron demasiado sus cabezas con tontos intentos para escudriñar al Ilimitado o al Eterno sin límites. Reconocieron la realidad del ser, y soltaron ahí, sabiendo bien que todo lo que la inteligencia humana puede lograr, es un conocimiento que siempre está creciendo por medio de una conciencia siempre en expansión.
Esta alternancia de aparecimientos y desaparecimientos de mundos o jerarquías es la enseñanza que toma cuerpo en la primera de las siete joyas o de los siete tesoros de la sabiduría. Así como el espíritu humano hace descender su rayo y reencarna por medio de ese rayo en un ser humano de materia astral, de materia mental y de carne, de manera similar, cuando para una jerarquía llega el tiempo de re-corporeizarse a sí misma, para reemprender una vez más su tarea de palingenesia o auto-generación repetida, se recorre el mismo trayecto relativo. Nunca olvidemos el antiguo axioma de la sabiduría esotérica que los herméticos expresaron de forma tan hermosa: Como arriba, así también abajo. Lo que sucede en el cielo es reflejado en la tierra, mutatis mutandis. La palingenesia del hombre, como un microcosmos, no es más que una copia fiel de la palingenesia de los mundos y de su propia jerarquía kósmica, como el macrocosmos.
Regresemos ahora a nuestro tema principal de esta noche. Así como la cima de nuestra jerarquía es Uno, la raíz de nuestro ens, en el cual nos movemos, vivimos y tenemos nuestro ser, como el apóstol cristiano Pablo lo dice, así, de manera similar, en la jerarquía espiritual-psicológica existe un Uno en quien todos estamos enraizados, en quien psicológica, mística y religiosamente, así como aspiracionalemente, vivimos. Este Uno es el Gran Iniciador, el Gran Sacrificio, el Maravilloso Ser a que se refiere H. P. Blavatsky; la suprema Cabeza de la jerarquía de los Maestros. De él nos viene nuestros más nobles impulsos por medio de nuestros propios seres superiores; de él viene la vida y la aspiración que sentimos, que a menudo se agita en nuestras mentes y corazones; de él, por medio de nuestras naturalezas superiores, viene el impulso de mejoramiento, el sentido de lealtad y de fidelidad, todas las cosas que hacen a la vida sagrada, luminosa y superior, y que valga la pena vivirla.
Fue durante la tercera raza de la humanidad, en su cuarta ronda sobre este globo, cuando el rayo encarnado en cada unidad de la humanidad de entonces había desarrollado su vehículo (generándolo desde dentro de sí mismo, apropiado para la expresión de sí mismo, del espíritu divino dentro); y entonces ese vehículo, o alma, se volvió auto-consciente. Luego, al pasar el tiempo, vino un período cuando se necesitó un intérprete, un guía, un maestro de la raza de la humanidad, porque la raza, con cada subciclo de la Gran Edad, se estaba hundiendo rápidamente y más de lleno en la materia y en la consecuente ilusión y contaminación espiritual, pues éstas son producidas por el desarrollo de la materia. Los dhyān-chohans, los señores de la meditación, quienes eran hombres de un anterior gran período de actividad de nuestro planeta Tierra, seres de un anterior manvantara, estaban para entonces dejando o retirándose de esta tierra. Habían concluido su labor cíclica, habían hecho todo cuanto podían, en cuanto a informar, inspirar e iluminar a la humanidad de entonces. Pero necesitaban ahora sucesores más similares a los hombres que se hundían de ese período. Por razones de un misterio que no podemos elucidar acá, los representantes más nobles de la humanidad de entonces se volvieron los directos y dispuestos vehículos de los rayos auto-conscientes de estos dhyān-chohans, señores de la meditación. No fue exactamente lo que en el brahmanismo se llama un avatāra —un “descenso”, que significa la envolvente encarnación de una porción de un alto espíritu, en un ser humano superior; sino que era la verdadera residencia (por completo consciente de ambas partes, y relativamente completa) de una porción de la esencia de un dhyān-chohan en un hombre de grado superior por completo consciente, dispuesto y totalmente auto-sacrificado. Ahora bien, por favor noten bien que el más destacado de esas encarnaciones, el más noble hombre-fruto de la evolución humana producida hasta ese tiempo, se volvió literalmente la cabeza de esta jerarquía espiritual-psicológica, y de verdad, en su caso, fue un hombre henchido de un dhyān-chohan: lo que realmente podría llamarse un dios encarnado. Éste era —y todavía es— el Observador Silencioso, el Iniciador, el Maravilloso Ser, el Gran Sacrificio —“sacrificio” por una razón que explico en otra parte.
Detengámonos un momento y pensemos por un instante sobre lo que trata nuestro tema. Consideremos la inmensa esperanza, es profundo esplendor intelectual y la belleza espiritual que hallamos en estas enseñanzas. De verdad vale la pena reflexionar sobre ellas. Si algo es la teosofía, la sabiduría esotérica, es una vasta doctrina de esperanza, no de mero optimismo tal como de ordinario se entiende la palabra, sino que una doctrina de esperanza vitalizadota y de iluminación interior. Ahí en estas maravillosas enseñanzas está el sendero por el que podemos ascender. Más particularmente, depende de nosotros si logramos o no nuestro ascenso por la escalera del rayo que está viviendo y trabajando en cada uno de nosotros; y —les suplico escuchen con cuidado— si ascendemos o no mediante nuestro estar conscientemente conectados a través de ese Ser, con el Altísimo. Ese Ser, ese Maravilloso Ser, no “baja” ni “desciende” hacia nosotros, porque para él tal cosa sería una contaminación de una clase que no puede tolerarse; no obstante estamos conectados con él por, y a través, del rayo que está dentro de nosotros. Así como el sol envía innumerables rayos y sin embargo permanece siempre siendo el sol, de la misma forma, a través de este Ser, se vierte, como la raíz fundamental de nuestro jerarquía espiritual-psicológica, un rayo que es instintivo y está vivo en cada niño normal que viene al mundo.
Ahora bien, depende de nosotros si seguimos por ese rayo hacia arriba o, como se señaló en nuestra última reunión, si abandonamos nuestro divino don de nacimiento, y seguimos el señuelo del caos y del Foso: si respondemos a las exhalaciones del “infierno”. Quizá haya gente que pueda no haber entendido el significado de la palabra aniquilación tal como la usamos. Entendamos que la aniquilación, hablando estrictamente, ejemplifica lo que Katherine Tingley llama la “infinita piedad de la ley superior”. No existe una pesadilla como el “sufrimiento eterno”. Aquellos seres humanos que han renunciado a su divino don de nacimiento se vuelven pedazos; pierden su entidad personal; pero cuando eso ha sucedido, no permanece más que un cascarón psíquico vacío. Cuando al llegar la muerte nuestro cuerpo que hemos puesto a reposar se hace pedazos y sus átomos regresan a la tierra que les dio nacimiento, ¿hay algo terrible en eso? Tomen la misma regla y aplíquenla al caso de las almas perdidas, de las que hablamos en nuestra anterior reunión.
Si alguien desea obtener un esbozo magistral de este tema, puede dirigirse a La clave de la Teosofía, páginas 92-3 y 113-14, y encontrará ahí lo que H. P. Blavatsky dice a sus lectores acerca de la aniquilación, y más particularmente en relación con las enseñanzas buddhistas tal como fueron enseñadas por el Señor Gautama el Buddha. Porqué digo el “Señor” Buddha será algo que explicaré en un momento.
Este Maravilloso Ser es el Jefe, el Maestro-Iniciado, la Cabeza y el Líder de la jerarquía espiritual-psicológica de la que forman parte los Maestros. Él es el “Baniano Humano Siempre Viviente”. Árbol de donde cuelgan como hojas y frutos, espiritualmente hablando. Así también nosotros, espiritualmente hablando. En cada globo, en cada planeta que conlleva humanos de cada sol en las infinitudes del espacio, se nos enseña que, hasta donde conocen los grandes sabios espirituales, lo mismo existe allí. Hay sobre cada uno un Señor-Maestro, y en cada caso se hace merecedor el término que H. P. Blavatsky les da, tomándolo de sus propios Maestros, de: el “GRAN SACRIFICIO”. ¿Por qué se le llama así? Porque por una compasión ilimitada por aquéllos en la escala de evolución inferiores a él, ha renunciado a toda esperanza y oportunidad, en este manvantara, de ir él mismo más alto, hacia fuera de este mundo cargado de pena, y permanece entre nosotros como nuestro gran Inspirador y Maestro. No puede aprender nada más de esta jerarquía, pues todo el conocimiento que pertenece a ésta, o que es posible en ésta, es ya suya. Él se ha sacrificado a sí mismo por todos los que están debajo de él.
¡Hay alguna gente que habla del sacrificio de este tipo como si fuese algo horrible o malo! ¿Por qué? ¿Hay algo más sublimemente hermoso que el dar el ser para el servicio noble de los otros, de todos? ¿Hay algo que realmente pueda conducir al hombre más alto? ¿Hay algo que abra más el corazón? ¿Hay algo que abra más las puertas de la inspiración? Y, por otro lado, ¿hay algo que cierre más rápido estas puertas, o más por completo menosprecie al hombre, o más rápidamente marchite al ser, que lo que hace su opuesto: la personalidad, el egocentrismo y el egoísmo? ¡Ah! Existe una dicha, una inefable dicha, en el auto-sacrificio de esta superior clase. Al Maravilloso Ser se le llama técnicamente el Gran Sacrificio porque, habiendo alcanzado el pináculo de la evolución en esta nuestra jerarquía, no puede aprender nada más en o de esa jerarquía. Él ha renunciado deliberadamente a un posterior progreso para sí mismo en nuestro manvantara, y esto en verdad es el más grande de los sacrificios; y él ha renunciado a eso para vivir por aquellos seres inferiores que se desaniman y que tropiezan en el camino ascendente; siguiendo los dictados inherentes en este noble clamor: “¿Cómo puedo vivir en el cielo cuando un solo ser sobre la tierra sufre?”. Esto nos recuerda la vieja historia del escocés que cuando su mentor le dijo que su perro no podía ir al cielo con él, respondió al instante: “Oh, mentor, si mi perro no puede ir al cielo conmigo, entonces me quedaré aquí en la tierra con mi perro fiel; pues él nunca me abandonaría a mí!”. Eso es una pizca del mismo espíritu de devoción.
En la gran épica hindú, el Mahābhārata, encontramos un relato bastante similar acerca de uno de los grandes héroes de esa obra, quien, habiendo tenido que vérselas con duras pruebas de varios tipos en su camino hacia el swarga o cielo, las pasó todas con éxito; pero cuando finalmente alcanzó los confines del cielo fue recibido por los devas, quienes le dijeron: “Hermano, tu perro fiel no puede entrar acá”. Y dijo él: “Oh, entonces me regresaré con mi perro, mi compañero fiel que me amó y que me siguió a todos lados. ¿Deberé abandonarlo y dejarlo fuera? Y los devas, de acuerdo con la hermosa leyenda, abrieron entonces de par en par las puertas del cielo, y los coros celestiales empezaron a cantar un peán de bienvenida y a alabar el fiel corazón del héroe, quien hubiera renunciado a su indecible dicha por el bien de su amada y fiel criatura menos desarrollada que él.
Éste es el espíritu de la renunciación de uno mismo por los otros, tal como fue ejemplarizado en leyenda e historia. ¿Hay algo más bello que eso?
Ahora vayamos un paso más adelante. Dejemos nuestro tema por unos momentos y retomemos de nuevo un asunto que sentimos que no fue entendido por completo, quizás debido a una insuficiente exposición del mismo de parte nuestra en nuestra última reunión. Hablamos entonces de la existencia de dos clases de almas perdidas. Eso es bastante exacto. Pero también tenemos que señalar que hay, asimismo, dos subdivisiones en la segunda de estas clases, y estas dos subdivisiones de la segunda clase son aquéllas que merecen por completo el viejo término cristiano: “obreros de la iniquidad espiritual”. La primera subdivisión comprende a aquéllos a quienes se les llama comúnmente hechiceros conscientes; y la segunda comprende el mismo tipo de seres, pero incluye a aquéllos quienes han alcanzado tal grado de poder interno, de maligna fuerza espiritual, que son capaces incluso de vencer el llamado de la naturaleza para la disolución para el entero término del manvantara. Éstos merecen en verdad el viejo dicho místico: “obreros del mal espiritual”.
Con el fin de aclarar un poco este difícil asunto, consulten y reflexionen sobre el diagrama adjunto, que da un breve bosquejo de las variadas conciencias en una jerarquía:



El entero sistema cuelga como una cadena de la semilla primordial, la raíz fundamental de la jerarquía.
La primera subdivisión comprende a aquéllos quienes son aniquilados cuando este globo entra en su obscuración. Pero a la segunda subdivisión pertenecen quienes son casi encarnaciones humanas de lo que los tibetanos llaman los lhamayin; o algunas veces pueden ellos incluso ser envueltos por los māmo-chohans que presiden en los pralayas. Éstos últimos, sin embargo, no son exactamente “diablos” o entidades malignas, sino más bien seres cuyo destino está por el momento destinado a continuar con el trabajo de destrucción y de desolación. Con respecto a los hechiceros espirituales superiores y obreros del mal, la segunda subdivisión, su destino final es en verdad terrible, pues los espera al final del manvantara el avīchi-nirvana, el absoluto opuesto e inferior polo del nirvana del espíritu; y luego un manvantara de miseria sin paralelo. Son ellos los polos opuestos de los dhyān-chohans. Una final y completa aniquilación es su fin. La naturaleza es bipolar; y como es la acción, así es la reacción.
Ahora bien, la aniquilación, tal como es usado el término en la filosofía esotérica, no significa lo que la gente comúnmente la imagina ser. Significa la terminación, la disolución, de una entidad personal, pero nunca de la individualidad inmortal, lo cual es imposible. Hablamos, y lo hacemos con propiedad, de la disolución o la aniquilación de un ejército, o de la aniquilación de un rebaño de ovejas. Cuando han desaparecido, han sido muertas o lo que fuere, las entidades separadas, el rebaño de ovejas no existe más, el rebaño ha sido disuelto. Es aniquilado como rebaño, como entidad. Y de manera similar, la aniquilación en su sentido psicológico no significa que es el espíritu inmortal el que es aniquilado. Tal idea es perfectamente absurda. Un espíritu inmortal no puede ser aniquilado. Su residencia, su lugar de morada, es el espacio infinito; y su tiempo es la eternidad. Pero así como nuestro cuerpo se disuelve, es aniquilado como cuerpo, se descompone y disuelve en sus elementos componentes, así también sucede con el alma perdida que es primero un mero cascaron psíquico, cuando los impulsos, que llegaban a ella en el tiempo cuando estaba conectada con un espíritu encarnado, han gastado sus fuerzas; luego viene su fin, es disuelta, es aniquilada, cesa, se desvanece como ser. Nada queda de ella, pues se descompone en sus elementos constitutivos como lo hace un cuerpo físico. Pero en las primeras etapas se vuelve un muerto espiritual, aunque mentalmente vivo. Es un cadáver físico, del que el elemento inmortal ha escapado. Esto es un alma perdida.
Los estudiantes de filosofía esotérica saben lo que sucede al kāma-rūpa de un hombre luego de la muerte de su cuerpo físico. Es, finalmente, disuelto y aniquilado. Es el curso normal de la naturaleza el que esto sea así. Les digo que cuando hablamos en nuestra última reunión acerca de las antiguas enseñanzas de sabiduría del Señor Buddha, con respecto a que no hay “principios duraderos en el hombre” —utilizando las palabras de Rhys Davids, el eminente erudito galés, quien es una brillante gloria literaria de su país a pesar de los errores que comete al mal entender mucho del sentido interno de la enseñanza de los buddhistas—, queremos significar simplemente esto: que la única cosa duradera en la naturaleza del hombre viene de, y está en, su ser superior, su naturaleza superior. Su cuerpo; su fuerza vital; su doble astral, el linga-śarīra; el principio kāmico; el manas; todos estos fallecen con la muerte. No hay nada de un principio duradero en la combinación de estos cinco; sin embargo, mientras estas cinco partes componentes de la psicología del hombre permanecen unidas en la vida física, ellas forman al “hombre”. ¿Hay alguno de ustedes tan egoísta como para pensar que este pobre ser de barro del que acabamos de hablar, es el espíritu inmortal? ¿O la vida que lo conforma? ¿O esta pobre mente de materia, que estoy usando como un instrumento con el cual poder hablarles? ¡No!
El pensamiento que recién se ha expresado es uno que por lo común —y oportunamente— se supone como una enseñanza buddhista; también es la enseñanza de la sabiduría antigua; es asimismo la enseñanza de los estoicos, y también la de Platón. Es, igualmente, la enseñanza de las escrituras del judaísmo y del cristianismo. ¿Lo dudan? Vayan el Libro de Eclesiastés, una de las llamadas obras canónicas sagradas de estas dos últimas religiones. Hemos hecho nuestra propia traducción de los siguientes pasajes, pues no confiamos en la traducción de los escribas teológicos. Por un lado son muy ásperas, y por el otro, insuficientemente claras. Hallamos, entonces, en Eclesiastés, capítulo 3, versículos 18-21, lo siguiente —y por favor recuerden que este libro se supone que fue escrito por el llamado “hombre más sabio del mundo”, Salomón. Lo que se que pensemos acerca de esta noción, quienes aceptan este libro lo creen. Es teología pasada de moda y popular.

Dije yo en mi corazón, en relación a la naturaleza de los hijos del hombre (Ādām) (es) que los Elohīm pudieron formarlos, y para mostrarles que ellos mismos son bestias. Pues el destino de los hijos del hombre (Ādām) y el destino de la bestia es para ellos un mismo destino: como muere el uno, muere el otro; y la facultad del pensamiento [la palabra hebrea es rūahh, ¡bastante extraordinario, realmente!] es la misma para todos; y la superioridad del hombre sobre la bestia no es nada, porque todo es ilusión. Todos van a un lugar. Todos son del polvo, y todo regresa al polvo.

Pero escuchen ahora lo siguiente, que muestra que el autor de esto, aunque ciertamente no fue la mítica figura de Salomón, era, no obstante, un hombre que sabía, ¡Escuchen!

¿Quién conoce la facultad del pensamiento de los hijos del hombre, esa misma facultad que asciende arriba; y la facultad del pensamiento de la bestia, esa misma facultad que desciende bajo la tierra?

Allí tenemos la enseñanza de la edad antigua con respecto a la psicología, y cuando se entiende con propiedad fácilmente se verá que cada palabra de ella es cierta. Y cuando se entiende la clave de la sabiduría que hay detrás de esta breve exposición, se verá que es indeciblemente hermosa. De cuántas vanas ilusiones esos extraviados hombres de las primeras sectas de la cristiandad hicieron que el temprano mundo europeo occidental se hiciera cargo. Qué irreligioso desatino, enseñar que el cuerpo físico del hombre es una cosa tan permanente y necesaria que será resucitado, y que, si la vida del alma que en él moraba era buena, se sentaría con multitudes a la “derecha del Dios Todopoderoso”. ¡Qué increíble materialismo craso! Se hizo más daño espiritual a las razas europeas al enseñar algo como esto, que quizás cualquier otra cosa que la historia registra. Como muchas otras enseñanzas de la cristiandad primitiva, ésta fue un horriblemente erróneo y distorsionado principio de la sabiduría antigua que concierne a la regeneración de la personalidad en una individualidad inmortal: una de las antiguas doctrinas histéricas que explicamos brevemente en otro sitio. Por otro lado, es necesario enseñarle a un hombre acerca de su naturaleza dual; enseñarle que en su naturaleza superior él es realmente un espíritu esencial, en verdad, un dios encarnado, y que él puede volverse conscientemente ese dios en la carne si tiene la voluntad para ello. Y enseñarle que si escoge seguir la naturaleza bestial, se vuelve como una bestia, pues el ser interno no tolera este último rumbo. En ese caso el hilo de plata (que arriba es dorado) se rompe; y en lugar del hombre tenemos al hombre-bestia, pues el alma se va del hombre-bestia: una piadosa liberación que hace la naturaleza de la moradora individualidad auto-consciente.
Por ningún lugar hay “tortura sin fin” o castigo
Ahora mi tiempo para esta noche está llegando a su fin. No he dicho ni la décima parte respecto a este tema del séptimo tesoro en su conexión con el Maravilloso Ser; no obstante, esta noche deseo agregar unas cuantas palabras más antes de terminar. Primero, en cuanto a mi razón para usar el término el “Señor Buddha”. Este Maravilloso Ser envolvió hace unos dos mil quinientos años a un joven puro y de mente noble, que nació en el norte de la India. El vehículo, este joven, era receptivo en todo aspecto, y la enseñanza de sabiduría que venía de él se dio al mundo. Al vehículo escogido se le llamó Siddhārtha como su nombre personal; su nombre de clan era Gautama; y se le dio después el título de Śākyamuni —que significa el Śākya-sabio—; también se lo llamó el Buddha. Esta palabra buddha es un título que significa el “despierto”, tal como la palabra christos o cristo significa el “ungido”. El Maravilloso Ser envolvió a, y parcialmente entró en, este joven que había venido de acuerdo al estricto cumplimiento de la ley de los ciclos, en el tiempo cíclicamente señalado en el curso mundial; pues un Despierto, un completo Cristo, por decirlo así, un Buddha, estaba cíclicamente destinado a venir en ese tiempo. Era parte de la línea de las sucesivas venidas de Buddhas, y era el más noble, el más alto, de la jerarquía mística de ese período, así como también era entonces el más cercano a su Maravilloso Iniciador que cualquiera de nuestra raza. Sabemos que los mismos Maestros hablan del Señor Buddha como de su Maestro. Se nos enseñó que ese joven, venido directamente de la Logia: no su cuerpo, sino la santa entidad que lo ocupaba. Fue uno de los más grandes de entre ellos. Con respecto a todas estas profundas y maravillosas doctrinas, hay mucho más que simplemente no puede ser expresado acá, por razones obvias; hay una completa rama de la filosofía esotérica involucrada, la cual trata de algunos de los más cuidadosamente guardados secretos de la naturaleza y del ser. Nosotros sólo insinuamos, y seguimos nuestro camino.
Como recordarán, H. P. Blavatsky misma, tomó los pansil, una palabra pali que significa los “cinco votos o virtudes” (en sánscrito, Pañcha-śīla), y por eso se volvió una buddhista formal. ¿Por qué? Porque, como mensajera de la Logia, ella sabía perfectamente bien que tras las enseñanzas externas, detrás de las doctrinas exotéricas de Gautama Buddha, está la verdad interna, el buddhismo esotérico, lo mismo que el budhismo esotérico: escribiéndose la primera con dos ds, y significando las enseñanzas de Gautama el Buddha; y escribiéndose la otra palabra con una d, que significa “sabiduría”. Y en verdad son una cuando el buddhismo se explica y se entiende de forma apropiada. Ella sabía exactamente en lo que estaba. Obsérvese, por ejemplo, la manera en la que escribe del Buddha.
Pero, mientras todo lo anterior es estricta y exacta verdad, tengo que hacer acá una advertencia. ¿Somos nosotros buddhistas? No. No más de lo que somos cristianos, excepto quizás en este sentido, de que la filosofía religiosa del Buddha-Śākyamuni está incomparablemente más próxima a la sabiduría antigua, a la filosofía esotérica. Su mayor debilidad en la actualidad es que sus más recientes maestros llevan sus doctrinas muy lejos sobre líneas meramente formales o exotéricas; y no obstante, con todo esto, y hasta ahora, sigue siendo la más pura y santa de las religiones exotéricas sobre la tierra, e incluso exotéricamente sus enseñanzas son ciertas. Sólo necesitan la clave esotérica en la interpretación de ellas. A propósito, lo mismo puede decirse de todas las grandes religiones mundiales antiguas. El cristianismo, el brahmanismo y otras, todas tienen la misma sabiduría esotérica tras el velo externo de la fe exotérica formal.
Recordarán que H. P. Blavatsky dice en algún lugar que de las dos ramas del buddhismo, i.e., el del sur y el del norte, el del sur aún conserva las enseñanzas del “cerebro de Buddha”, la “doctrina del ojo”, es decir, su filosofía externa para el mundo en general; y el del norte aún conserva su “doctrina del corazón”.
Ahora entiéndanse estas dos expresiones. Son términos buddhistas: la doctrina del ojo y la doctrina del corazón son términos buddhistas reales. También son términos de la sabiduría esotérica. La doctrina del ojo es aquélla que puede verse; puede ser falsa o cierta; pero en un sentido técnico es un exoterismo verdadero al que sólo le falta la clave. A la doctrina del ojo se le llama algunas veces la doctrina de las formas y de las ceremonias, esto es, la presentación formal externa. Mientras que la doctrina del corazón es aquélla que está oculta, pero que es la vida interna, la sangre del corazón de la religión. Así como el ojo es visto y también ve, así, a la inversa, el corazón es no visto, pero es el dador de la vida, y aplicado a la religión la expresión significa la doctrina del corazón interno de la enseñanza. Como un pensamiento secundario, también da la idea de que contiene la parte más noble de la conducta humana, lo que la gente llama benevolencia, humanidad, compasión, piedad.
Fundamentos de la Filosofía Esotérica.
G. de Purucker

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domingo, mayo 27, 2007

FUNDAMENTOS DE LA FILOSOFÍA ESOTÉRICA


TRECE
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EL PROCESO DE LA EVOLUCIÓN. SER, EGO Y ALMA: “YO SOY” Y “YO SOY YO”

Nada en la naturaleza llega a la existencia de una manera repentina; todo está sujeto a la misma ley de evolución gradual. Comprenda de una vez el proceso del maha ciclo de una esfera y los habrá comprendido todos. Un hombre nace como otro hombre, una raza evoluciona, se desarrolla y declina como otra y como todas las demás razas. La naturaleza sigue el mismo procedimiento, desde la "creación" de un universo hasta la de un mosquito. Al estudiar la cosmogonía esotérica mantenga un ojo espiritual sobre el proceso fisiológico del nacimiento humano; proceda desde la causa al efecto estableciendo… analogías entre el… hombre y un mundo… La Cosmología es la fisiología del universo espiritualizado, pues no existe más que una ley.
Cartas de los Mahatmas a A. P. Sinnett, pp 70-71

Comenzamos nuestro estudio esta noche, leyendo de la página 178, y una pequeña porción de la página 179, del primer volumen de La Doctrina Secreta, como sigue:

Ahora bien, la Esencia Monádica, o más bien Cósmica (si se permite tal término) en el mineral, vegetal y animal, aunque la misma a través de la serie de los ciclos, desde el elemental más inferior hasta el reino Deva, difiere, sin embargo, en la escala de progresión. Sería muy erróneo imaginar una Mónada como una Entidad separada, discurriendo lentamente por un sendero definido a través de los reinos inferiores, y floreciendo en un ser humano después de una serie incalculable de transformaciones; en resumen, que la Mónada de un Humboldt se remonta a la Mónada de un átomo de hornablenda. En lugar de decir una “Mónada Mineral”, la fraseología más correcta en la ciencia física, que diferencia cada átomo, habría sido, por supuesto, llamarla “la Mónada manifestándose en aquella forma de Prakriti llamada el Reino Mineral”… Como las Mónadas son cosas no compuestas, como correctamente las define Leibnitz, la esencia espiritual que las vivifica en sus diversos grados de diferenciación, es lo que propiamente constituye la Mónada —no la agregación atómica que no es más que el vehículo y la sustancia a través de la cual penetran los distintos grados de inteligencia, así inferiores como superiores.

Quizás sería bueno hacer una introducción a nuestras observaciones, recordando los dos deseos generales que Katherine Tingley tenía en mente al inaugurar nuestros estudios; primero, la elucidación de las enseñanzas contenidas en la maravillosa obra de H. P. Blavatsky; y segundo, proveer pruebas, pruebas doctrinales, por decirlo así, no pruebas en el sentido dogmático, sino pruebas doctrinales o mentales que cada uno de nosotros pueda tener en mente para recordar y aplicar cuando comience algún libro que trate de las antiguas religiones del mundo, o de las teorías modernas relacionadas a esas religiones tal como las expresa algún pensador moderno.
El mundo, al día de hoy, está simplemente inundado con libros de varios tipos que tratan de asuntos casi-espirituales, y de los así llamados psíquicos o casi-psíquicos, y para uno que no sabe las doctrinas claves de la teosofía, que no tiene, como lo tenía H. P. Blavatsky, al alcance de la mano mental, por decirlo así, las enseñanzas de la antigua sabiduría-religión por la que todos estos varios asuntos pueden ser comprobados y probados, hay lugar para mucha confusión mental, indecisión y dudas respecto a lo que puede ser el sentido real o significado de todo ello, porque muchos de estos libros son escritos muy hábilmente. Pero la habilidad en el escribir bien no es signo o prueba de que un autor entiende con propiedad el pensamiento antiguo; tal habilidad es sólo la capacidad de presentar ciertos pensamientos —las propias opiniones del escritor— con claridad y a menudo de modo loable; pero la sola escritura digna de alabanza no es, ciertamente, prueba de que un escritor posea un criterio adecuado y suficiente de la verdad antigua misma.
Teniendo, por tanto, estas doctrinas de la antigua sabiduría-religión (teosofía) en mente, y entendiéndolas con propiedad, tendremos pruebas por las cuales poder comprobar si tal o cual doctrina de cualquier religión, antigua o moderna, o tal o cual enseñanza de cualquier pensador, antiguo o moderno, está de acuerdo con esa revelación primordial, espiritual y natural, transmitida a los primeros miembros de la primera raza verdaderamente humana y pensante por los seres espirituales de quienes nosotros, asimismo, derivamos nuestra esencia y vida interna, y quienes son, en realidad, nuestros presentes y propios seres espirituales. No siendo en absoluto pruebas en un sentido dogmático religioso, no son éstas “necesarias para la salvación”. Los cielos y los infiernos no dependen, para su realidad, de la aceptación o rechazo por parte del hombre, por ejemplo; pero queremos decir con esto que la teosofía nos provee con pruebas, que lo son en el mismo sentido en que también lo son los hechos que un experto en matemática, o en química, o en cualquier otra rama de la ciencia o de la filosofía natural, está capacitado para emplear con el fin de comprobar, cuando algo nuevo aparece ante sus ojos o se posa sobre su mano, si este nuevo asunto coincide con las verdades ya establecidas por sí mismo y por sus colaboradores.
En nuestra última reunión tratamos, por fuerza sólo de manera vaga y en un mero esbozo, de la diferencia que existe entre el espíritu y el alma. El espíritu es el elemento inmortal en nosotros, la llama inmortal, dentro de nosotros, que nunca muere, que nunca nació, y que conserva a lo largo del mahā-manvantara completo su propia cualidad, esencia y vida, enviando hacia abajo, hacia nuestro propio ser y hacia nuestros varios planos, algunos de sus rayos, vestimentas o almas que somos nosotros; y además, que estos rayos, al descender, constituyen las esencias de vida de una jerarquía, ya sea que estemos tratando de nosotros mismos como seres humanos individuales, o que pensemos en el átomo, o en el sistema solar, o en el cosmos universal.
Esta noche tenemos que considerar de manera más particular la naturaleza y diferencias del ser y el ego; y si tenemos tiempo tendremos necesidad de hacer observaciones, con alguna extensión, sobre una doctrina que es muy extraña para los oídos occidentales, y que, sin embargo, contiene en sí misma el núcleo, el propio corazón de lo que es la evolución emanacional, y que también nos muestra lo que es nuestro destino. Es ese destino el que nos conduce tanto hacia abajo como hacia arriba, de vuelta a nuestra fuente espiritual, pero poseyendo —más bien siendo— algo más que lo que poseíamos —más bien éramos— cuando comenzamos nuestro gran peregrinaje evolutivo.
Ahora bien, antes que comencemos a tratar sobre un esquema de la naturaleza de, y de la diferencia entre, el ser y el ego, emprendamos brevemente un análisis de lo que queremos decir cuando hablamos de karma, pues se hace necesario en este punto. Como todos sabemos, karma es una palabra sánscrita, y se deriva de la raíz sánscrita kri , un verbo que significa “hacer” [en ingles: “to make”. N. del T.] o “hacer” [en inglés: “to do”. N. del T.]; al añadir el sufijo ma a la raíz kri o a la raíz kar, que viene, por medio de una de las reglas de la gramática sánscrita, de la raíz kri, obtenemos el nombre abstracto karma. Literalmente significa “haciendo” [en inglés: “doing”, “making”. N. del T.], y por tanto: “acción”. Es un término técnico, es decir, es un término del que cuelga toda una serie de doctrinas filosóficas.
Podemos considerarlo con más propiedad si lo traducimos por la palabra: resultados, porque esta palabra “resultados”, o “frutos” parece ser su aplicación más general en el sentido técnico de la filosofía esotérica. Ahora bien, karma no es una ley; ningún Dios la hizo. Una ley humana, recordemos, es una máxima de conducta u orden de lo correcto estipulada por un legislador, prohibiendo lo que está mal e inculcando y ordenando lo que está bien. Karma no es eso. Karma es el hábito de la naturaleza universal y eterna, un hábito inveterado, primordial, que trabaja tan bien que un acto es necesariamente, por destino, seguido por un resultado ineluctable, una reacción de la naturaleza en la cual vivimos. Fue llamado por el señor A. P. Sinnett, uno de los tempranos colaboradores de H. P. Blavatsky, la “ley de causalidad ética”, un término inadecuado y engañoso, porque en primer lugar, karma es más que ético, es tanto espiritual como material y todo lo de en medio. Tiene su aplicación en los planos espiritual, mental, psíquico y físico. Llamarlo la “ley de causa y efecto” es mucho mejor, porque es más general, pero incluso éste término en absoluto lo describe adecuadamente. La esencia misma del significado de esta doctrina es que cuando cualquier cosa actúa en cualquier estado de conciencia corporeizada, emerge una inmediata cadena de causalidad que actúa en cada plano al que esa cadena de causalidad alcanza, a los que se extiende la fuerza.
El karma humano nace dentro del hombre mismo. Somos sus creadores y generadores, y también sufrimos por él o somos purgados a través de él por nuestras propias previas acciones. ¿Pero qué es este hábito en sí mismo, das Ding an sich, como hubiera dicho Kant, este hábito inveterado, primordial de la naturaleza, que la hace reaccionar a una causa provocante? Ésta es una pregunta en la que, en algún tiempo futuro, tendremos que entrar más de lleno de lo que podemos hacerlo esta noche, pero podemos decir esto: que es la voluntad de los seres espirituales que nos han precedido en pasados kalpas o grandes manvantaras, y que ahora se yerguen como dioses, y cuya voluntad y pensamiento dirige y protege el mecanismo, el tipo y la cualidad del universo en el que vivimos. Estos grandes seres fueron hombres en algún anterior gran manvantara. Es nuestro destino finalmente llegar a ser semejantes a ellos, y contarnos entre ellos, si corremos la carrera de la evolución kálpica con éxito.
El hombre, como ha expuesto H. P. Blavatsky, teje alrededor de él, desde su nacimiento hasta su muerte, una tela de acción y de pensamiento: cada uno de los cuales produce resultados, algunos de manera inmediata, algunos posteriormente. Cada acto es una semilla. Y esa semilla, inevitablemente, por la doctrina de swabhāva, producirá los resultados que pertenecen a ella, y ningún otro.
Swabhāva, como recordamos, es la doctrina de la característica esencial de cualquier cosa, ésa que la hace lo que es, y no algo más: eso que hace del lirio un lirio, y no una rosa o una violeta; eso que hace a un ser un caballo, y a otro una mosca, y a otro una hoja de hierba, etc.: su naturaleza esencial.
En anteriores reuniones, en nuestro estudio sobre las jerarquías anotamos que cada una de éstas procedía de su propia semilla, su propio logos-semilla o la parte superior de ella, su corona o pináculo; y que todo se desenvolvía hacia abajo a partir de ella, se desenvolvía hacia fuera desde la semilla hacia el ser. Así, el cuerpo humano crece a partir de una semilla microscópica, por decirlo así, hacia el hombre que conocemos, tomando parte de la naturaleza que lo rodea, porque es un ser compuesto. Todas las cosas compuestas son temporales y transitorias. Si no fueran compuestas, no podrían manifestarse de ninguna manera sin importar cuál fuera esta manera. Es la cualidad de ser compuestas, la naturaleza compuesta de ellas, la que les permite aprender y mezclarse, y ser una en el sentido manifestado, con todo el universo manifestado que nos rodea.
Mencionamos en estudios anteriores la maravillosa doctrina de los antiguos estoicos de Grecia y Roma, llamada la krasis di’ holou, la “mezcla a través de todas las cosas”. el “entremezclamiento de todo”; cuando se aplicaba esta doctrina los dioses, los antiguos estoicos la llamaban teocrasia —no teocracia, que significa algo completamente distinto—. Teocrasia significa el “entremezclamiento de los dioses”, así como los pensamientos humanos se mezclan en la tierra.
Ahora bien, el ser permanece eternamente él mismo en su propio plano, pero en la manifestación, se entremezcla, si podemos usar ese término, con las esferas de la materia mediante la radiación de sí mismo, como lo hace el sol; mediante comunicar su ser como el divino rayo. Se lanza hacia abajo hacia el mundo espiritual, y de ahí hacia el mundo intelectual, y de ahí hacia el mundo psíquico, y de ahí hacia el mundo astral, y de ahí hacia el físico. Crea en cada una de estas etapas, en cada plano de la jerarquía, un vehículo, una funda, un vestido, una vestimenta, y éstas, recién expresadas por varios nombres, en el plano superior son llamadas almas, y en el plano inferior, cuerpos, y el destino de estas almas —vestimentas, vehículos o fundas del espíritu— es, finalmente, ser elevadas hacia la divinidad.
Existe una inmensa diferencia entre el puro espíritu-vida inconsciente, y la por completo auto-desarrollada, auto-consciente espiritualidad. La mónada parte en su viaje cíclico como una chispa divina no auto-consciente, y lo termina como un dios auto-consciente, pero hace esto a través de la asimilación de la vida manifestada y llevando con ella las varias almas que ha creado en su peregrinaje cíclico, desarrollando en ellas su esencia interna, y por medio de ellas entendiendo y relacionándose con otras mónadas y otros seres­-alma. Es la ascensión del alma (o más bien, las almas) a través del ser, hacia la divinidad, lo que constituye el proceso de evolución, el desenvolvimiento de las potencialidades y capacidades de la semilla divina.
Podemos preguntar ahora: ¿Cuál es la diferencia entre el ser y el ego? El ser individual, sabemos, es un “átomo” espiritual, o más bien monádico. Es eso que en todas las cosas dice: “yo soy”, y, por tanto, es conciencia pura, conciencia directa, no conciencia reflejada. El ego es eso que dice: “yo soy yo” —conciencia indirecta o reflejada, conciencia reflejada de nuevo sobre sí misma, por decirlo así, que reconoce su propia existencia māyāvi como una entidad “separada”. ¡Vean cuán maravillosas son estas enseñanzas, pues si entendemos esta doctrina de forma correcta, significa salvación espiritual para nosotros; y si la entendemos mal, significa nuestro ir en declive! Por ejemplo, la intensidad de egoísmo es el entenderla mal, y, paradoja de paradojas, la impersonalidad es el correcto entendimiento de ella. Como lo dijo Jesús en los tres primeros Evangelios, Mateo, Marcos y Lucas, al expresar una de las enseñanzas de la sabiduría antigua: “Quien salve su vida la perderá, pero quien de su vida por mí, la encontrará”.
Tenemos acá el significado real, corporeizado en un “oscuro dicho”, de un asunto que estudiamos un poco en nuestra última reunión: la doctrina de la pérdida del alma. Ahí, en palabras atribuidas a Jesús y repetidas tres veces, tenemos el significado interno de este misterio: el por qué, y el cómo de ello.
Regresamos a la extraña doctrina mencionada antes, extraña para los oídos occidentales, extraña para el pensamiento occidental. Recordarán que H. P. Blavatsky describe con frecuencia el proceso de la evolución y del desarrollo como el partir de la esencia espiritual hacia abajo por el arco sombrío, hacia la materia, y su volverse más y más densa, compacta y pesada entre más hondo va en el océano del mundo material, hasta que pasa un cierto punto —el punto de cambio de las fuerzas que surgiendo en ella la impulsan hacia delante en ese mahā-manvantara; y que entonces empieza a elevarse de nuevo sobre el ciclo ascendente, el arco luminoso, de vuelta hacia la divinidad de la cual emanó como un rayo o como rayos. Esta esencia monádica, esta corriente monádica, que pasa hacia la evolución está, como un ejército o hueste, compuesta de una casi-infinidad de mónadas individuales. Podemos llamarlas átomos espirituales, chispas divinas no auto-conscientes. Se juntan entre ellas mientras descienden en la materia —que está eternamente ahí, a consecuencia de la infinitud de seres evolucionantes en todas las etapas de desarrollo que las habían precedido— o, más bien, derivan conciencia reflejada o indirecta (auto-conciencia) a partir de ese contacto y entremezcla. Comienzan a tener más que el mero sentimiento o mejor dicho simple cognición de “yo soy”, o conciencia pura; comienzan a sentirse a sí mismas, auto-conscientemente, al unísono con todo lo que es. La chispa divina no auto-consciente está comenzando, auto-conscientemente, a reconocer su propia divinidad esencial e inherente. Está desarrollando auto-conciencia, y esta auto-conciencia es lo que nosotros llamamos el ego, el reconocimiento de que “yo soy yo”, una parte o rayo del Todo, reconociendo esa maravillosa verdad.
Ahora consideren la jerarquía del ser humano creciendo a partir del ser como su semilla —diez etapas: tres en el plano arūpa o inmaterial, y siete (o quizás mejor, seis) en el plano de la materia o manifestación. En cada uno de estos siete (o seis) planos, el ser o Paramātman desarrolla una funda o vestimenta, las superiores hiladas de espíritu, o de luz, si lo prefieren; y las inferiores hiladas de sombra o materia; y cada una de tales fundas o vestimentas es un alma; y entre el ser y un alma —cualquier alma— está el ego. El primero en orden es el ser, la entidad o cosa divina, o mónada, detrás de todo; y creciendo de dentro de él, como un sol que se desarrolla desde dentro de su propia esencia, a lo largo de las líneas kármicas o senderos de las memorias o de los “resultados” o “frutos” traídos del precedente gran manvantara, de este modo desarrollándose estrictamente de acuerdo a los skandhas en su propia naturaleza, está el ego, contactando y entremezclándose con la materia y con las otras huestes de inteligencias de este, mahā-manvantara. El ego lanza de sí mismo —como la semilla echa su verde tallo, que luego se desarrollará en un árbol con sus ramales y sus ramitas y sus innumerables hojas—, lanza de sí su vestimenta, funda o vehículo hilado con luz o hilado de sombras, de acuerdo al plano o punto sobre el que está; y esta vestimenta etérea, espiritual o astral del ego es el alma: esto es, cualquier alma.
Hay varias almas en el hombre. Hay, asimismo, muchos egos en el hombre; pero detrás de todos ellos, tanto de los egos como de las almas, está la llama inmortal, el ser. Recuerden que los antiguos egipcios también enseñaron sobre las varias almas del hombre, sobre los múltiples seres del hombre, sobre los varios egos del hombre. No hemos hablado mucho todavía de las enseñanzas de los antiguos egipcios, porque son excesivamente difíciles por el hecho de estar envueltas en símbolos y alegorías complejas; son las más ocultas, quizá, las más envueltas en tropos y figuras de lenguaje de entre cualquier sistema antiguo. Pero las viejas verdades están allí; son las mismas enseñanzas de la antigüedad.
Ahora bien, la evolución es el desenvolvimiento, el desarrollo, el ponerse de manifiesto desde la divina semilla que está dentro, todas sus capacidades latentes, su swabhāva, en resumen; sus características individuales o la esencia de su ser. El completo esfuerzo de la evolución, sin embargo, no es sólo sacar a luz eso que está dentro de cada semilla individual, sino también que cada mónada individual, y cada ego, y cada alma, recoja de la materia en la que trabaja a otras entidades menos avanzadas que se vuelven partes de sí misma o de sí mismo, y las lleve con él o ella en el arco del viaje evolutivo hacia arriba.
Cada uno de nosotros es, por tanto, un Cristo en potencia, un Cristos potencial, porque mientras seamos dentro, cada uno de nosotros, un Cristos, intrínsecamente, cada uno de nosotros es asimismo, o debería de ser, un “salvador” de sus prójimos y de todos los seres inferiores debajo de él, bajo su guía e influjo. Si un hombre o una mujer maltrata o trata noblemente los átomos de su cuerpo, él o ella es tenido por responsable ante las manos del karma, por decirlo así, ante el divino tribunal de su propio ser; en efecto, hasta por el último cuarto de penique será sometido a una cuenta estricta. ¡Obsérvese la dignidad con la que esta noble enseñanza dota y premia a nuestra especie humana! ¡Qué sublime significado tienen las doctrinas de nuestros Maestros bajo este punto de vista! El hombre es responsable; porque cuando ha obtenido la auto-conciencia incluso en menor grado, se convierte por ello en un creador, y se vuelve por tanto responsable hasta una medida proporcional al desarrollo de dicha auto-conciencia. Él se vuelve un colaborador y ayudante de los dioses con quienes está destinado a unirse como uno de ellos.
Si la corriente de vida, si la corriente de mónadas, si cualquier mónada individual ha pasado a salvo el punto más bajo de sus ciclos manvantáricos, ha pasado sin riesgo el sendero que conduce hacia abajo en el punto medio de la cuarta ronda, y de manera exitosa empieza en el camino hacia arriba, a lo largo del arco luminoso, está a salvo hasta cierto punto, pero no aún por completo, porque la misma prueba regresa en el punto medio de cada ronda. Pero el punto medio de la cuarta ronda es el más crítico. Todos sabemos lo que es una ronda, y las siete a través de las cuales tenemos que pasar antes de completar nuestro peregrinaje evolutivo sobre este planeta. Pero si la chispa monádica pasa a salvo a través de cada uno de las tres rondas que están por venir, entonces, en la última ronda, sobre el último o séptimo globo, en la última raza de ese globo, florecerá como un dhyān-chohan, un “señor de la meditación”: ya casi un dios. Y aquellos de nosotros que hayamos hecho la carrera de manera exitosa, luego del largo nirvana que espera por nosotros luego de que las siete rondas se han completado, el cual nirvana es un período de indecible bendición que corresponde al devachán entre dos vidas de la tierra; aquellos de nosotros, decía, que nos hayamos convertido en estos señores de la meditación, nos volveremos los precursores, los hacedores, los desarrolladores, los dioses del futuro planeta que será el hijo de éste, así como este globo, la Tierra, fue el hijo de nuestra madre, la luna; y así para siempre, pero siempre avanzando más y más alto por los peldaños de la maravillosa escalera de vida cósmica.
Ésta es la extraña y maravillosa doctrina, extraña y maravillosa para los oídos occidentales. Interminables son las ramificaciones del pensamiento que brotan de ella. ¡Piensen en el destino que se abre ante nosotros! Sí, y también es sabio mirar al otro lado. Volvamos ocasionalmente nuestros rostros desde la luz del sol de la mañana, y veamos en la otra dirección. Recuerden que tenemos innatas e ineluctables responsabilidades en donde están implicados los problemas éticos. Tenemos, hasta cierto punto, conocimiento; por tanto, poder; por tanto, responsabilidad. Detrás de nosotros, siguiendo la pista hacia arriba, están una infinitud de seres inferiores a nosotros. Cada uno de ellos está sobre el mismo sendero que nosotros mismos hemos pisado; cada uno de ellos tiene que ir sobre ese mismo sendero, manchado con la sangre de nuestros propios pies. ¿Y fallarán por falta de nuestra ayuda? Ellos deberán pasar el punto de peligro, igual que como lo hicimos nosotros; porque la enseñanza es que en el punto medio de cada evolución hay un sendero que desciende, que conduce a esferas del ser más groseras y más materiales que las nuestras.
Cuando por primera vez comenzó nuestro planeta, o más bien cuando fue comenzado por primera vez, en su curso de evolución emanacional, los agentes propulsores en ella fueron los dhyān-chohans de la cadena lunar, i.e., aquéllos que ahí habían corrido la carrera evolutiva con éxito; y detrás de ellos, siguiendo tras ellos, vinimos nosotros, siete clases de nosotros, los más desarrollados, los menos, los menos, los menos, los animales, los vegetales y los minerales.
Por esta noche nuestro tiempo está llegando a su fin; pero hay un punto que parece que nos incumbe tocar al menos someramente. Cuando Leibniz habló del impulso inherente en cada mónada, propulsándola hacia la manifestación, habló desde los libros antiguos, desde las enseñanzas pitagóricas y neoplatónicas, de las que él fue estudiante, y quiso decir lo mismo que nosotros cuando hablamos de swabhāva, la naturaleza esencial de una cosa. Hay, sin embargo, un punto de sus enseñanzas al que debemos aludir, cuando dice en sustancia que nuestro mundo es el mejor posible en el universo. Aquéllos de ustedes que estén familiarizados con el gran filósofo francés, Voltaire, pueden recordar su libro, Candide, u “Optimismo”, en el que Voltaire está, de manera evidente, inclinándose hacia las teorías optimistas de Leibniz, y en el que dos de sus personajes son el inveteradamente irracional optimista, Dr. Pangloss, y el joven, Candide, el alumno del Dr. Pangloss, un joven filósofo, un por completo egoísta optimista, que aceptaba todas las contrariedades de la vida con gran indiferencia y calma, y con una sonrisa hacia la miseria humana. Y Voltaire tiene un pasaje en el que comenta sobre estos dos personajes (Candide, c. vi), donde él dice, con toda esa punzante y aforística agudeza que es tan grande ornamento del genio frencés, Si c’est ici le meilleur des mondes posibles, que sont donc les autres? —“Si éste es el mejor de todos los mundos posibles, qué hay de los otros?”—. Una observación muy perspicaz, en realidad, y muy cierta. No es el mejor posible de todos los mundos. Lejos de eso. ¡Sería en realidad una aburrida y desesperanzada perspectiva para nuestra especie humana, si así fuera! No obstante, el gran filósofo alemán estaba en lo cierto en este sentido: de que es el mejor mundo posible que el karma del mundo le ha permitido ser, o que ha podido producir; y si no es mejor, nosotros somos ampliamente responsables por ello.
Vemos en estas entretenidas referencias a las teorías de Leibniz y Voltaire el verdadero significado de la palabra optimismo. Nuestra propia filosofía majestuosa nos da una visión más amplia, una perspicacia más penetrante de las cosas, un entendimiento más profundo del así llamado misterio de la vida. Todo es relativo, una de las más grandes enseñanzas de la filosofía esotérica. No hay absolutos (en el usual sentido europeo que se da a esa palabra) por ningún lado. Todo es relativo, porque todo está interconectado y se entremezcla con todo lo demás. Si hubiera un absoluto, en el sentido europeo, no podría haber más que el árido silencio e inmutabilidad de completa y absoluta perfección, lo cual es imposible, pues no habría en tal caso, no podría haber, crecimiento, futuro crecimiento, desarrollo del pasado, espiritualidad, mentalidad, en modo alguno.
Terminamos por ahora. En nuestra próxima reunión proseguiremos con el estudio de los llamados infiernos y cielos, pues esta rama de nuestra investigación es una parte muy necesaria del lado psicológico de nuestro estudio que comenzamos en nuestra última reunión. Sólo decimos esto esta noche: que todas las doctrinas, dogmas, enseñanzas y principios de las grandes religiones mundiales están basados fundamentalmente sobre alguna más o menos oscura verdad, usualmente mucho más oscurecida por la ignorancia y por el fanatismo, o por ambos. Y, en conclusión, notemos bien que no hay infiernos y no hay cielos, como comúnmente se supone que son éstos, sino esferas de vida y experiencia que corresponden a cada clase de las miríadas de grados de entidades en el ser. Como se dice que expresó Jesús en los Evangelios cristianos: “En casa de mi Padre hay muchas mansiones”. En el kosmos sin fin hay innumerables y apropiados lugares de retributiva dicha o retributiva desgracia para todos los grados de almas, y en estas esferas kármicamente apropiadas, las incontables jerarquías de entidades evolutivas de todas las clases encuentran sus propios y exactos lugares ajustados a ellas.
Fundamentos de la Filosofía Esotérica
G. de Purucker

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