domingo, abril 01, 2007

02 DE ABRIL: Inicio de ciclo esotérico

Se me ha solicitado hablar brevemente de otra cuestión, y es en relación a los ciclos recurrentes del año, y de manera especial respecto al Año Nuevo. En algún lugar, creo que en un viejo número de su revista Lucifer en el comienzo del año 1890, H. P. Blavatsky dijo, entre otras cosas en un muy interesante artículo, que los teósofos y particularmente los esotéricos deberían de considerar el 4 de enero como el comienzo del año nuevo. Ahora bien, ésta es una declaración en extremo interesante; y en conexión general con ello, deseo llamar su atención hacia un hecho muy importante, el cuál es que la sabiduría esotérica está basada por completo en la naturaleza y en sus operaciones fundamentales. La naturaleza, tal como entendemos esta palabra, no significa sólo el universo físico, visible. Éste es sólo el cascarón o cuerpo de la naturaleza real. La naturaleza, con nosotros incluidos, significa el entero agregado de todo lo que es, interna y externamente, de todos los planos en todas las esferas por todo lo Ilimitado.
El significado de esto en la presente relación es que el método esotérico del cálculo del tiempo es un método natural, basado por completo en las operaciones recónditas de la naturaleza. No es un método artificial. Hallarán ustedes que ningunos de los aniversarios reales están basados en ideas fabricadas por el hombre o en la casualidad, como el esquema artificial usado por los franceses durante la revolución francesa; o el fechado a partir de la fundación de una ciudad, como Roma; o a partir de la muerte de algún gran hombre, como Jesús. Tales métodos, a propósito, son desconocidos en la cronología esotérica, aunque existen paralelos, pero éstos están basados en ciclos naturales. La sabiduría antigua basa todos sus cálculos cronológicos sobre el reloj kósmico que la naturaleza nos da, y que es majestuoso, infalible, y un perfecto cronómetro. Ese reloj es la bóveda celestial; y el sol, la luna, los siete planetas (como los antiguos lo calcularon), y las estrellas, son las “manecillas” que marcan ciclos de tiempo. El año que se usa más en el cálculo del tiempo que hacían los antiguos, es lo que los astrónomos llaman el año tropical, llamado así por el cambio de estaciones. Invierno, primavera, verano, otoño; invierno, primavera, verano, otoño; recurrentes de manera regular; y recurrentes de manera regular porque se basa en un movimiento de la tierra alrededor del sol, como una manecilla sobre el cuadrante del reloj kósmico. La astronomía antigua conocía tanto lo que llamamos el año anomalístico como lo que llamamos el año sideral, pero no los usaban excepto para cálculos puramente astronómicos (no astrológicos), o sólo en raras ocasiones para cálculo astrológico.
Marquen bien la diferencia entre astrología y astronomía. La astronomía es la ciencia de los movimientos, y de las relaciones entre ellos, de las estrellas y planetas. Eso es todo. Solamente nos dice de qué están hechos, dónde se mueven, y cuándo se mueven, y cuánto tardan en moverse sobre ciertas órbitas o sendas, y es puramente exotérico. Pero la astrología, les recuerdo, significa la “ciencia de los astros” (mientras que la astronomía con orgullo se llama a sí misma la “ley de los astros”), justo como la geología significa la “ciencia de la tierra”. La astrología antigua —no la ciencia de cartón que pasa bajo su nombre en la actualidad, sino que la antigua astrología espiritual-astral, una profunda y auténtica sabiduría acerca de la evolución de la divinidad en y a través de la materia, y acerca del alma humana y del espíritu humano— enseñaba la ciencia de las relaciones que las partes de la naturaleza kósmica tienen entre ellas, y de manera más particular, cómo esa ciencia aplicada al hombre y a su destino, era ritmada por las orbes celestiales. De esa grandiosa y noble ciencia brotó, como dije, una seudo-ciencia exotérica, derivada de la práctica mediterránea y asiática, sucediéndose en los modernos esquemas de la así llamada astrología: un pobre, degradado y desgastado remanente de la sabiduría antigua.
Todas las naciones tenían sus maneras de calcular el año y de fijar el comienzo del mismo. No todas las naciones colocaban el inicio del año en la misma fecha; algunas naciones lo calculaban a partir del solsticio de invierno, esto es, cuando el sol alcanza su máxima posición meridional, antes de comenzar su lento curso hacia el norte de nuevo. Estoy hablando como un habitante del hemisferio del norte. Por supuesto que en Sur América y en otras tierras por debajo del ecuador, las condiciones son al contrario. Pero ahora estamos hablando del hemisferio norte. Otras naciones colocan el comienzo del año en el solsticio de verano, entre junio 21 y 22; mientras que el solsticio de invierno toma lugar cerca del 21 de diciembre. Otras naciones, asimismo, colocan el comienzo del año en el equinoccio de primavera, marzo 21 o 22. Otras naciones comienzan el cálculo del año en el equinoccio de otoño, seis meses después, en septiembre 22 o 23. Los judíos, por ejemplo, tienen dos años: uno civil, que comienza en septiembre con el equinoccio de otoño, y un año religioso, que comienza con el equinoccio de primavera. Las antiguas naciones germánicas de Europa del norte antes de la época de César comenzaban el año en el solsticio de invierno, en diciembre 21; los antiguos griegos comenzaban su año en diferentes momentos del ciclo anual, pero con más frecuencia, probablemente, en el otoño; y los antiguos romanos lo comenzaban en la primavera. Los antiguos egipcios lo empezaban en el verano; y los antiguos persas, los sirios y otras naciones, tenían cada una su propio período para comenzar el año.
Las civilizaciones mediterráneas estaban ya en decadencia durante muchos siglos antes de lo que se conoce popularmente en Europa como el año 1 D. C. Estaban perdiendo lentamente una gran cantidad de la sabiduría antigua, y un entendimiento de sus grandes secretos, y eso se dejó ver no sólo en la manera como fueron modificados y cambiados los Misterios Eleusinos, sino también en el constante arreglo y remodelación de sus calendarios, y en sus métodos de computar el tiempo, de calcular los períodos cronológicos, los comienzos y los términos de los varios ciclos, etc. Los romanos fueron particularmente culpables de esto. Quizás fueron en ese respecto peores que cualquier otra nación conocida por nosotros. Si algún dictador o caudillo político deseaba tener unos cuantos días más de poder, o impedir o posponer una elección, comenzaba a meterse con el calendario, un curso de conducta que se llevaba a cabo con el disimulo o mediante la ignorancia o negligencia de los pontífices. Y así, finalmente, sucedió que debido al desorden del calendario para la época de Julio César —para ser exactos, en el año 46-47 A. C.—, las calendas de enero, esto es, el primer día de enero, caía en el día de la estación que ahora corresponde al 13 de octubre; y si la confusión hubiese seguido indefinidamente, a su debido tiempo el primero de enero habría caído en todos los meses del año, vagando por ellos, y, finalmente, habría completando su recorrido alrededor del año, en algún lugar de marzo, habiendo completado así el ciclo. Debería agregarse a esto que el antiguo año estándar romano era lunar, y consistía en cerca de 354 días.
Julio César merece créditos por haber detenido esta confusión mediante su reforma del calendario romano. No quiero decir que César lo hizo todo él solo. No fue así; pues pese a que era un hombre listo y un astrónomo aficionado, contaba con los servicios de un astrónomo egipcio —o griego alejandrino—, un hombre de grandes habilidades, llamado Sosígenes. En el año 47 A. C., cuando el primer día de enero cayó en lo que ahora sería el 13 de octubre —exactamente como si nuestro propio primer día de enero este año hubiera ocurrido dos o tres meses antes en el reciente otoño, en el día de estación que propiamente pertenece al 13 de octubre—, estos dos eminentes caballeros, o quizás tres, si incluimos a M. Flavius, unieron sus mentes y reestructuraron el calendario de conformidad con las estaciones otra vez. César era Sumo Pontífice para esa época, y era su deber hacerse cargo o velar por el correcto cómputo de los períodos cronológicos, etc. Esto hizo él, insertando dos meses extra (uno que tenía 33 días y el segundo 34 días) entre noviembre y diciembre de ese año, 47, y añadiendo un período que se intercalaba o “mes” de 23 días al precedente febrero, totalizando una adición de 90 días a ese año para armonizar el calendario con las estaciones. Ese año, entonces, era de 445 días; y debido a que era tan largo, la gente ordinaria estaba muy confundida respecto a la manera en que los negocios, etc., iban a hacerse, se le llamó el Año de la Confusión, pero Macrobius de manera elegante lo llamó ¡el “último año de la confusión!”. Luego César fijó el nuevo calendario para que tuviera un año medio de 365 días, con un año bisiesto de 366 días cada cuarto año; un arreglo que ha durado hasta nuestros días en occidente, aunque levemente modificado. Este arreglo del calendario, claro, abolió el viejo año lunar romano. Pero si hubiese tan solo comenzado el año como lo debió haber hecho, de acuerdo a los cálculos antiguos (el viejo cálculo de la sabiduría antigua), al comienzo de una de las cuatro estaciones del año y cuando la luna estaba nueva —en el solsticio de invierno, o, si gustan, en el equinoccio de primavera, o de otoño, o en el solsticio de verano—, si hubiese tomado el antiguo comienzo del año de su misma gente, los romanos, tal como había sido antes en los días tempranos, es decir, en diciembre 21 o 22 en el solsticio de invierno, o en el equinoccio de primavera en marzo, de Numa, todo habría estado “bien”.
Pero ahora fíjense lo que pasó. Él tenía a Sosígenes murmurando en su oído, y Sosígenes sabía más que César, pero olvidó un pequeño detalle. Él dijo —ésta es una conversación imaginaria, pero algo así, creo, tiene que haber sucedido—: “¡Hermano César, Emperador! De acuerdo con las antiguas costumbres, las costumbres de nuestros nobles ancestros, el año debería de comenzar no sólo en el solsticio de invierno sino también en luna nueva. Ahora, la luna nueva, este año, no cae en el día en que el solsticio de invierno toma lugar, sino que cae siete días después, pues el solsticio este año cae en diciembre 24”. “Eso está bien”, dijo César. “Comenzaremos el año siete días después que el solsticio. Llamaremos a ese día las calendas de enero” —o, como habríamos dicho nosotros, el primero de enero—. César hizo que diciembre tuviera 30 días; luego cambió a 31 días. Y así es cómo surgió el hábito de poner el comienzo del año en el primero de enero en lugar de hacerlo en un día del solsticio, diciembre 21. De haber César (él tenía el poder para hacerlo como Máximo Pontífice) proclamado en su edicto que el calendario tal como fue reformado por él comenzaría a correr en la primera ocasión cuando el solsticio de invierno y la luna nueva coincidieran; o en uno de los otros tres comienzos de una estación que coincidieran con una luna nueva, habría estado exactamente en lo correcto, de acuerdo a la sabiduría antigua; porque, les hago notar, todos estos métodos antiguos de cálculo cronológico no estaban basados sólo en el hecho de que alguien fundara una ciudad, o en el hecho de que alguien muriera en un cierto día, sino que en eventos astronómicos y terrestres coordinados. Los métodos antiguos estaban basados en el cuadrante del tiempo del kosmos. César debió haber esperado hasta que una luna nueva coincidiera con uno de los dos solsticios, o con uno de los dos equinoccios, comenzando el año nuevo en el momento en que fuera luna nueva en esa noche. Evidentemente, César sintió que no podía esperar; o, quizás, no deseaba esperar; o no sabía.
Ahora bien, a medida que el tiempo siguió su rumbo y la cristiandad estuvo en boga en años posteriores, la gente mantuvo naturalmente el comienzo del año el primero de enero, el día del mes establecido en el calendario juliano. Pero finalmente los cristianos comenzaron a pensar que deberían tener su propia día de comienzo de año nuevo en un sentido religioso, relacionado con el supuesto nacimiento de Jesús; y así, temprano en la historia del cristianismo, los cristianos orientales tomaron el 12avo día luego de diciembre 25, el 6 de enero, en celebración de la epifanía mística y del nacimiento (y bautizo) de Jesús. Fue, en un sentido religioso, el comienzo de su año. Los ingleses llaman a este festival el Duodécimo Día, por ser el duodécimo día luego de diciembre 25. ¡Qué curioso y confuso desorden de ideas antiguas y nuevos dogmas! Su “día de nacimiento” fue luego transferido a diciembre 25.
¿Por qué fue escogido el 6 de enero en lugar del 4? Por la siguiente razón: Al solsticio de invierno, cuando César y Sosígenes hicieron sus correcciones del calendario, se le hizo caer en diciembre 24. La próxima luna nueva cayó, entonces, en el primero de enero, que fue la razón de que César dijera que el año nuevo comenzaría en ese día, las calendas de enero. Entonces, muchos años después, 14 días después del día que los cristianos pensaban que era el solsticio en su tiempo, diciembre 23-24 (teniendo diciembre, para entonces, 31 días y no 30, como fue estipulado por César), era el seis de enero, que los cristianos llamaron la Epifanía, copiando una palabra y una idea pagana antigua. Epifanía es una palabra cristiana que originalmente pertenecía a los Misterios de la antigua religión pagana griega y a la sabiduría antigua; significa “aparición” de un dios, y fue adoptada por, y adaptada para, los Christos-mythos.
Volvamos a H. P. Blavatsky y su artículo en Lucifer. Vemos que los calendarios pueden cambiarse; que los calendarios pueden ser hechos por el hombre; que el calendario romano fue también cambiado y fue hecho por el hombre; y que el calendario juliano, con modificaciones, ha descendido a nosotros, y es el que se usa en Europa y en América en la actualidad. No es un calendario apropiado para ser usado por esoteristas para computar los ciclos esotéricos o el comienzo del verdadero año esotérico.
¿Por qué H. P. Blavatsky escogió el 4 de enero del presente calendario para el comienzo del año esotérico? El verdadero año esotérico debe comenzar en el 14avo día luego del solsticio de invierno, a condición de que el solsticio de invierno coincida con una luna nueva. El 14avo día a partir de esa fecha sería, claro, día de luna llena. El día del solsticio de invierno puede ser usado como comienzo del año civil, si así se desea; y el 14avo día a partir de esa fecha como el comienzo del año esotérico. César, de haberlo querido, o, más bien, de haber sabido más, habría podido arreglar su calendario para ajustarlo ya sea a la luna nueva en un solsticio de invierno o de verano, o en uno de los equinoccios. Pero H. P. Blavatsky escogió enero 4 porque era el 14avo día posterior al solsticio de invierno —no por ser el 4º, o cualquier otro día del mes.Ahora bien, enero 4 se ubica 14 días posteriores al solsticio de invierno en diciembre 21, y cuando coincide con una luna llena es una fecha astrológica. No es una fecha hecha por el hombre. No depende de un calendario hecho por el hombre. Cae catorce días luego del festival del verdadero solsticio de invierno; y cuando el solsticio de invierno también coincide con luna nueva, inicia un ciclo secreto.


De: Fundamentos de la Filosofía esotérica, Cap. 18


G. de Purucker

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2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Gracias. Muy completo, me aclara muchos puntos que no tenía claros. Me gusta mucho este blog y veo que hay conocimiento suficiente. No dejaré de venir.

Alondra

5:12 p. m.  
Blogger Mauricio Orellana Suárez said...

Gracias, Alondra, eres bienvenida cuando gustes.

8:22 a. m.  

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