domingo, mayo 18, 2008

DEL ARTE Y LO BELLO

De una cadena que recibí por intermedio de Loli, unos pensamientos que merecen destacarse, alrededor del Arte y lo bello:

“Lo bello es una forma sensible de armonía que trasciende los objetos y a la cual el mundo material brinda tan sólo un soporte. La belleza es, entonces, la más inmaterial y dinámica
de las formas.”
J. A. Livraga

"Si se os pregunta: ¿en qué consiste la salud? Decid: en la armonía. ¿Y la virtud?, en la armonía. ¿Y lo bueno?, en la armonía. ¿Y lo bello?, en la armonía. ¿Y que es Dios?, responded aún: la armonía."
Sentencia Pitagórica

"Cuando el arte deja de definirse en función de la belleza entonces se torna tan relativo que puede ser cualquier cosa."
M. Sándalo


“Ni elevada inteligencia, ni imaginación, ni ambas dos cosas en conjunto hacen al genio. ¡Amor!, ¡Amor!, ¡Amor! He aquí el alma del genio.”
W. A. Mozart

"A veces se entiende por Arte la técnica; sin embargo, mientras que a la técnica se llega por medio de la constancia y por acto de la voluntad, al Arte se llega por el acercamiento a la perfección interna; esa perfección del alma que no tiene metros para medirse, ni métodos racionales para explicarla, porque está más allá de la materia y la razón."
Leonardo da Vinci

“La misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del ser humano.”
Schumann

“El artista debe ser un verdadero oficiante, un intérprete de la naturaleza, un hábil mediador entre las ideas perfectas y los hombres. Ésa es su misión: despertar el alma de sus observadores y no sólo su admiración.”
Delia S. Guzmán

Extraído del libro "El arte y la belleza", de Miguel Ángel Padilla.

¡ESTAMOS EN BUENA COMPAÑÍA!


viernes, febrero 08, 2008

"Todo nuestro proceso consciente del vivir se basa en el pasado, y la mayoría de nosotros vive en los niveles de conciencia que corresponden a la mente superficial. Ahí estamos activos, ahí es donde tenemos nuestros problemas, las innumerables disputas, las actividades cotidianas; y con eso estamos satisfechos. Pero lo que está en la superficie, lo poco que se muestra no es, por cierto, el contenido total de la conciencia. Para comprender la totalidad de ese contenido, la mente superficial debe estar quieta, así sea por unos pocos minutos, aun por unos pocos segundos. Entonces es posible recibir lo desconocido".
Krishnamurti

jueves, febrero 07, 2008

Cerebro en blanco

Alguien me dijo que debería hacer algo productivo con mi vida.
No le llego a los uñeros a John Lennon, pero se me vino a la mente su Watching the wheels (tampoco John Lennon le llega a los uñeros a los taoístas, en parte, porque los taoístas no tienen uñeros porque ellos no son sus uñas).
Lennon en chiquito, o Taoísta Microscópico, temeroso, se preguntó: “okay: escribo y recreo situaciones en el papel; pero, ¿he hecho alguna vez algo productivo?”.
Luego de hacer la pregunta, esperó aterrado a que los ecos le lanzaran una piedra para romperle el sólido cráneo de su cabeza dura.
Lo más terrible que puede suceder a mentes que buscan conjuros para cuestionamientos que tocan los propósitos de vida, es ese silencio prolongado que se mueve helando espacios de cerebros en blanco.
Amor propio, auto-indulgencia. No sé; lo cierto es que ante una amenaza tal, la alternativa de Lennon en chiquito, o Taoísta Mínimo, fue buscar una justificación elegante.
Se dijo a sí mismo, sonando a Sanz o a Toyota: “no es lo mismo producir que crear, aunque sólo sea por cuestiones de personal: nadie es indispensable en las cadenas de producción, de ahí que los despidos no impidan el producto. En cambio, ¿existiría Watching the wheels si se hubiera despedido a Lennon de su obra, aun existiendo producción masiva de las guitarras y de los micrófonos que utilizó?”.
John Chiquito Lennon, o Taoísta Microscópico, estaba convencido: la creación se hace no por su utilidad, sino por su importancia, porque es importante que lo útil sea usado creativamente. Sólo así, de consumistas pasamos a humanos vivientes y a seres dignos del estado actual de nuestra evolución.
En sus pesadillas, John Chiquito Lennon sueña con voces reprobatorias que le dicen que debería hacer algo productivo con su vida.
Nuestro héroe es muy sensible a esas pesadillas. En ellas, los comentarios adquieren resonancias de castigo. Es un mundo en donde los hombres piden hombres para llevar y se los comen en platos desechables. ¿¡Quién no estaría aterrado!?

martes, febrero 05, 2008

Confesión

Con el asalto de mi comentario hiriente o malintencionado. Con el genocidio de mi diaria intención de exprimir a quienes no son “los míos” con el sano propósito de darles lo mejor a quienes sí lo son. Con el asesinato de no conocer al otro y por eso pretender que no tengo compromisos con él. Con la pica y pala de un oficinista cotorro, que se lava las manos en el “sólo sigo órdenes” que le dará para pagar las “políticas de empresa” de otra oficina. Con el revólver de mis negocios, bajo el lema de hombre de éxito, que interactúa con el mundo a través del aire acondicionado y de los vidrios polarizados de su auto.
Con la puya de mi ingenuo creer que la violencia siempre está afuera y soy su víctima. Con el simple suicidio de responder “¡La tuya!” al homicida que me pitó “¡La vieja!”. Con el sable de mi no contestar el “Buenas tardes” del cliente porque esa tontería no es parte del trabajo. Con el sabotaje de desconectar mi oficio y mis productos de mi relación con los otros: “consumidores” o “clientes” (tengo suficientes “míos” de qué ocuparme).
Con mis propios dientes, con los que de maneras ingeniosas, todas muy civilizadas, me como a los otros. Con mi lucha a toda costa por mantener mi posición. Con mi limpia, aséptica y antiséptica actitud de apoyo para que maten a todos los tatuados que caminan sobre la faz de la tierra (con el olvido de causas, o indiferencia por las mismas, con que suelo salpimentar esa actitud).
Con el soborno de mi humor taimado, con la indiferencia con que también a mí me han tratado en la semana, confieso que de lunes a sábado les arranco las mejores siembras a los corazones de los otros, y a sangre fría visito la iglesia los domingos, y en ella le pido a Dios que proteja a los míos, que detenga esta violencia insoportable de la cuál soy una víctima indefensa.

sábado, enero 26, 2008

Las pequeñas violencias

Vivimos en un mundo donde nos da pena mostrarnos cariñosos, aunque practicamos la violencia a plena luz del día


Aunque menos pomposo, lo cotidiano nos define más certeramente que lo eventual. Nos definen mejor las relaciones diarias con nuestros amigos, compañeros y actores anónimos ocasionales, pero constantes, con quienes nos relacionamos en el día a día, que los logros o tropiezos fortuitos que trascienden para dibujar una máscara pública que en la esfera de nuestra cotidianidad ni nosotros mismos reconocemos.
Y la violencia es una serie de impulsos, que si descuidamos, puede definirnos en lo cotidiano mucho más de lo que quisiéramos.
“¿Cómo?”, se preguntará usted, “si yo no asesino a nadie, no participo en guerras, no robo, no secuestro”.
Pero las pequeñas violencias son parte del engranaje de la Gran Violencia: Pensando en mis problemas voy en mi auto, y soy capaz de echárselo encima a algún inoportuno peatón que se atreva a poner un pie en la orilla de MI asfalto, o de arrinconar, hasta sacarlo de la vía, al microbús de otro conductor que intente incorporarse delante de mí para robarme pasajeros. No soy delincuente, pero soy incapaz de responder un saludo de un usuario si no estoy de humor. Mando al diablo a los que no son de mi religión, maldigo y me burlo de quienes tienen distintas preferencias políticas, sexuales. No me gustan los así y los asá, “pero los tolero”, acuso y desprestigio a la ligera cuando quiero (no soy hipócrita, me gusta la transparencia), hago uso de prebendas y privilegios auto-inflingidos, en detrimento de otros.
Estallidos verbales, cuchicheos a expensas de otros, mentadas de madre musicalizadas por bocinas de autos, pitos cuando el semáforo no ha acabado de ponerse en verde.
Ni tan pequeñas. Porque esas violencias se van solidificando en hábitos y pronto se vuelven nuestro proceder más común. Posesos vamos por ellas, victimarios consuetudinarios, produciendo esa cultura de violencia que se contagia como un bostezo y que nos hace estallar a su antojo como bombitas ambulantes tele-conducidas.
No hace falta llegar a matar.

jueves, enero 24, 2008

EL DÍA DEL NO LUGAR

Me parto el lomo trabajando diez horas diarias en la oficina y tengo hijos que criar y mantener, son tiempos rápidos, difíciles, que requieren conocimientos que sirvan para volvernos competitivos; si no estás muerto. Llego cansado de la oficina y lo menos que haré es leer un libro y aburrirme. Yo quiero entretenerme, ver Ventaneando, saber quién es el ganador en el Next American Idol. ¿Libros, conciertos, galerías, teatro, sirven para algo?”.
Algún hombre llamado Rolando Lazarte piensa que sí, que nos devuelven esa parte de nosotros mismos que se evapora al intentar llevarla… al mercado. “El arte… vence la necesidad”. La filosofía práctica también.
Es válido responder al argumento del buen hombre trabajador, diciendo que el arte y la filosofía son esos estado en donde vive lo que el día mata con sus pistolas de horario de oficina, donde los hombres y mujeres, en esencia, persisten para no volverse zombis totales, para no disolverse en impersonales átomos del hato. ¿Se le pude decir a quien vive para sobrevivir que en el juego de los sobre-horarios en el que tan bien lo hacen casar como un tornillo más de la maquinaria, las razones más dignas de ser humano dejan pistas esparcidas entre el caos de papeles de escritorio, huellas en las tazas del café, guiños en los monitores de la compu, y que existe la remoooooota posibilidad de que una de esas secuencias de pistas y huellas y guiños se geste de vez en cuando y se materialice en el llamado arte, o que se esconda en la filosofía: los entre-líneas de la vida, los entre-latidos, los entre-pasos, los entre-lógicas, los entre-tiempos, los entre-espacio por excelencia?
Rolando Lazarte: “El día del no lugar es un lugar donde se puede habitar”.
Porque la filosofía y el arte son acción, expresión, juego, pulpa nacida del vacío existencial, ecos de los sentimientos de los hombres, magia, sacerdocio, la salvación del hombre de oficina, y no necesita sitios aparte, porque abarca al humano entero con todos sus lugares y momentos: cosa de chamanes.

martes, enero 22, 2008

Interesados en formar acá en El Salvador un pequeño círculo de lectura y comentarios de temas relacionados al Cuarto Camino (Gurdjieff, Ouspensky), contactarme a mi correo: elmauriz@gmail.com o editexto@gmail.com. Igualmente si saben de algún grupo activo, se lo agradeceré.

miércoles, enero 16, 2008

Papel en blanco

Afuera, gritos de niños y perros que ladran, música lejana, el tráfico y sus coágulos nutriendo las arterias citadinas, colapsándolas. Alguno que otro pájaro desubicado se extraña de cómo cantan alto las aves-alarmas de los autos: esos animales que ni son mamíferos ni vuelan.
Adentro, ruido de platos en fregadero (abstracción para concebir mentalmente las manos que los hace chocar entre ellos), el zumbar de la refri, que de tan constante ya ni se oye, mientras una vaga idea se tropieza en el ruido del arrastre de una cama, y cae.
Desaparece.
Enfrente, la hoja virtual; un par de manos levitan silenciosas, inmóviles, pacientes, esperando entrar en trance.
Y ocurre el milagro: los ruidos se apagan (los de afuera, los de adentro), el gritar de niños, los perros, la música, los coágulos-vehículos, las aves-alarmas, la refrei, la lucha de platos, sólo queda un tropel de gnomos, golpeteos dactilares que parecen lluvia de tap dance, y el espacio y el tiempo no existen más, no como suelen existir allá abajo, afuera, adentro, viejo cansado; ahora el tiempo vuela en ráfagas ciclónicas, el espacio surfea sobre las altas crestas de un nivel distinto de conciencia, ambos patinan libres sobre superficies enceradas; como niños, bailan; como fluidos, se confunden mientras los manjares de las haches mudas y las niñas eñes se desparraman. Una historia cobra vida, y hombres y mujeres reales toman posesión de mi cuerpo, y paren sueños, odios, luchas, y hasta mueren.
Lloro por los que mueren; discuto las luchas de los que luchan; refuto los sueños de los que sueñan; todos son tiranos que me atan; y en el fondo sé que debo dejarlos a sus anchas en mis hojas, para que éstas ya no sigan siendo páginas en blanco, para no tener que volver a los ruidos de afuera, de adentro, al viejo espacio cotidiano, al tiempo lento, abajo, adonde no me gusta estar.

Ego-centros


Descartando el encierro personal que usamos para aislarnos de todo, me parece distinguir dos tipos importantes de aislamiento a los que por seguridad o resistencia acudimos los salvadoreños. Uno es excluyente: me aíslo en grupo para separarme y distinguirme del resto; otro es incluyente: me quedo solo para buscar ser y sentirme parte de un todo sin discriminaciones.
El primero ha sido bastante popular y frecuentado, y las filas del segundo se comienzan a nutrir con las deserciones de aquél.
No deben confundirse: uno engendra sumisión hacia adentro y confrontación hacia afuera (a las agrupaciones, sumar ideologías, creencias gregarias y nacionalismos), y nace a partir de modelos de actividad que por su naturaleza superficial y utilitaria, y por estar amparados en nuestras necesidades de seguridad psicológica, es decir, en nuestras debilidades compartidas y no en nuestras fortalezas individuales, están expuestos al desengaño.
Después de todo los colectivos son un ente imaginario, una torpeza enorme a la que acudimos con el fin de volver la realidad más manejable. “La gente”, “el pueblo”, “mi mara”, “nuestro gremio” son baratas reducciones a las que nos sometemos, la resultante de una suma de vectores (una suma de vectores puede estar, y de hecho suele estar, constituida de segmentos de sentido y dirección opuestas). Nuestro bus no es multicolor sino azul, porque la mayoría de los pasajeros hemos dispuesto usar ropa azul.
¿Qué suelen ser los colectivos actuales sino los productos de la generalizada mala voluntad de sus miembros? ¿No es éste un error cultural, un mal hábito inadvertido, una comodidad propia de mentalidades haraganas, una astucia de baja calaña que en materia de resultados se disfraza de éxito de vida y posición, refugios convenientes de unos pocos, inercia y gangrena?
No es que tenga respuestas a todo esto, es que me fastidia un rebaño de interrogantes, como piedrecillas en el zapato, cada vez que quiero caminar sin que esos modelos de actividad colectiva me lancen sus cuchilladas.
Por eso he optado por el otro aislamiento, un proceso individual post-desengaño.
Es como sigue: en mi aislamiento grupal, me identifico con mi colectivo, ampliando las diferencias con los demás. Para sobrevivir en él, me esfuerzo por mantener a la vista esas diferencias, y si me es posible, por agrandarlas. Desde él puedo ayudar sólo y cuando no se hiera la sensibilidad de mis intereses mezquinos.
En el aislamiento incluyente me aíslo en el respeto de mis particularidades y las de los otros para desembarazarme de la ilusión de los comunes denominadores y para unirme en la esencia que nutre la naturaleza de todos los individuos (visualizo sustancias, rechazo apariencias).
¿Pero veremos una tercera etapa, de síntesis, en que, pasados por el baño del segundo aislamiento, optemos por la unión incluyente en la que congregamos y respetamos nuestras fortalezas individuales para formar no un colectivo de modelos de actividad preconcebidos, sino un movimiento de valoraciones mutuas en el que nos integramos a los demás, en plena conciencia?
¿Llegaremos a la unión sin condena, unión de comprensión sin juicio, sin identificación ni negación, en la que la reforma cultural no es una exigencia que se le hace a un gobierno o a una institución, sino un asumir mi propia transformación y la de mi relación con los otros, dejando de lado mis necesidades de seguridad psicológicas, no por imposición de ideologías o credos, sino por reconocer en ello un imperativo categórico?
Dicho de otro modo, el conjuro de la alquimia, dos palabras: Buena Voluntad, no para los míos, sino para todo el que se cruce en mi camino.
Esto es, al final, una verdadera revolución cultural. Antes de eso, es sólo una revuelta. No es necesario, por tanto, que los “intelectuales”, desde su aislamiento grupal, se reúnan y discutan al infinito, ni que las instituciones y sus sacerdotes nos eructen en la cara su burocracia y su ineptitud parlanchina, detrás de las cuales a veces se esconden gusanos de sumisión por un salario jugoso y demostraciones de poder que son prerrogativa de quienes fungen un “puesto importante” en el circo de las ilusiones y los ego-centros.

martes, enero 15, 2008

La soberbia me quita a Dios; la envidia al prójimo, y la ira a mí mismo
Hugo de San Víctor
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