jueves, marzo 08, 2007

ALMAS PERDIDAS Y SERES SIN ALMA








Hay una inmensa diferencia entre “almas perdidas” y “seres sin alma”. Un alma perdida es una en la que el “hilo dorado” que une la entidad pensante inferior con el ser superior ha sido roto por completo, y ha sido desprendida de su esencia o raíz superior, su verdadero ser. Virtualmente éste es un caso sin esperanzas; no puede haber más unión, pues al momento de la ruptura final ese ser inferior se comienza a hundir de inmediato en la Octava Esfera, el llamado Planeta de la Muerte. Un ser sin alma, un hombre sin alma, es uno en quien el hilo ha sido desgastado hasta volverse, por decirlo así, muy delgado; o, más bien, en el que las aspiraciones espirituales e impersonales en ésta y en otras vidas han sido tan escasas, y los intentos de unirse con la parte superior del ser han sido tan débiles, que lentamente el rayo espiritual se ha retirado de la parte inferior; pero aún no ha sido roto por completo. Todavía se mantiene; e incluso una sola aspiración pura e impersonal puede causar el reencuentro. No es un alma perdida; pero en lo que toca prácticamente a la entidad humana, con propiedad se le llama un ser sin alma, pues la entidad vive casi por completo en sus principios inferiores. Los seres sin alma suministran aquellos casos de los que popularmente se habla como los “hombres y mujeres sin conciencia”. Parecen no tener un sentido moral, a pesar de que sus facultades mentales y físicas sean todavía agudas y fuertes.
Éstos son los peores casos de seres humanos sin alma. Otros casos son aquéllos de hombres y mujeres que simplemente no parecen interesarse por nada que sea bueno, hermoso y correcto, noble, superior y excelso; sus deseos son de la tierra, mundanos; sus pasiones son fuertes y sus intuiciones son débiles. En realidad estos casos son bastante comunes; tanto así que H. P. Blavatsky dice en su Isis sin velo que nos “codeamos con hombres sin alma” todos los días de nuestras vidas. Vean los rostros de los hombres y mujeres que ven en las calles. Vayan a la ciudad; vayan a cualquier lugar; la situación es realmente terrible. Existe por completo la posibilidad de que un ser humano de alma débil, quizás comenzando sólo con ceder a los anhelos de la voluntad, a las pasiones de la mente y a los instintos de la naturaleza inferior, pueda, poco a poco, pero inevitable y seguramente, debilitar o consumir por desgaste todas las ataduras del rayo superior que sujetan a éste a la naturaleza inferior, y que si fueran por completo fuertes y activas harían al hombre (o mujer) un dios viviente entre nosotros; en verdad un dios encarnado. En lugar de esto, en los peores casos de seres sin alma, tendrán ante ustedes poco más que un cascarón humano (con vida, pero espiritualmente casi muerto) en el hombre o la mujer, según sea el caso. Un ser sin alma una vez fue un hombre o una mujer con alma quien, antes del estado primeramente mencionado, tenía la misma oportunidad que tenemos todos de correr exitosamente la carrera. En verdad ésta es una solemne verdad, una que H. P. Blavatsky nos dijo que debía enseñarse y reiterarse en nuestras enseñanzas ya que es verdaderamente útil como advertencia. Ninguno de nosotros está absolutamente a salvo en esta etapa intermedia de nuestro viaje evolutivo, pues ninguno de nosotros sabe de lo que es capaz, tanto para lo bueno como para malo.
Esa es la verdad; y no es un asunto insignificante. ¿Hay alguna razón para que nos sorprenda el hecho de que todos nuestros maestros nos hayan dicho repetidamente que cada enseñanza que se nos da en la Escuela está fundada sobre lo que los hombres llaman comúnmente los principios éticos de conducta, y tiene que ser estudiada bajo esa luz? Es lo único que, puesto en sincera práctica, con toda seguridad nos salvará; pues estos principios vienen de primero, y a la mitad, y al final de nuestros estudios.
En futuros estudios tendremos que trazar hasta el final el destino de estas dos clases de seres; pero sería bueno decir ahora unas pocas palabras sobre la ventura de las almas perdidas. De éstas existen dos clases generales: las inferiores, pero no la peores; y las superiores, y peores. Para hacer más claro el significado de este difícil tema, tendré que examinar un pensamiento nuevo pero colateral, que constituye la clave: el hombre es un ser compuesto. Sobre este hecho de la naturaleza humana descasa la más maravillosa verdad que está en la base de las magníficas doctrinas filosóficas del Señor Gautama Buddha. Y es la siguiente: no hay un principio perdurable, sea cual sea, en el “hombre”. Graben esto como acero en el núcleo de sus mentes. Los salvará de miríadas de peligros si lo comprenden correctamente. El “hombre” no es su naturaleza superior: el “hombre” es lo que se suele llamar la “naturaleza humana”. ¿Se dan cuenta de cuán magnánimamente viven los hombre y las mujeres en lo que los hebreos llaman el nephesh, i. e., viven en sus almas astrales? Hasta cierto punto tal unísono con nuestros principios inferiores es necesario; pero siguiendo la bella vieja sonrisa de los antiguos filósofos, el alma astral debe ser nuestro vehículo, nuestro portador; por decirlo así, debe ser convertido en un caballo para llevarnos en nuestro viaje; o, cambiando la imagen, un carruaje en el que debemos ir; un caballo que debemos manejar. Nosotros, el ser interno, debemos gobernar y conducir nuestro corcel astral, pero no debemos dejar nunca que nos controle.
Para volver más claro esto, examinen el diagrama siguiente:


Notarán que los siete principios y elementos del hombre se dividen en tres partes separadas: una tríada inferior, puramente mortal y perecedera; una dúada intermedia, psíquica, compuesta y en su mayoría mortal, kāma-manas, el propio “hombre”, o “naturaleza humana”; y una dúada superior, ātma-buddhi, inmortal, imperecedera, la mónada. A la muerte del ser humano, esta dúada superior se lleva con ella toda la esencia espiritual, el aroma, de la dúada inferior o intermedia; y entonces la dúada superior es el ser superior, la individualidad reencarnante, o mónada egóica. En esta etapa de la evolución, la conciencia ordinaria del hombre en la vida radica casi por completo en la dúada inferior o intermedia; cuando eleva su conciencia para llegar a ser uno con la dúada superior, se convierte en un Mahatma, un Maestro.
Ahora bien, esta parte inferior de la naturaleza es compuesta. No hay nada permanente per se en ella, sea lo que sea; como entidad, nada perdura. Es el hombre ordinario tal como es ahora, y en él no hay un principio del ser que sea perdurable. Si ustedes atan sus pensamientos y sus afectos a cosas de la naturaleza inferior, de facto, por necesidad, los seguirán, y se volverán éstos, como se esbozó y mostró en y por la doctrina de swabhāva. ¡Como el hombre piensa, así es él! Las palabras hebreas de este viejo dicho, tomado de Proverbios, capítulo 23, versículo 7, están castellanizadas: “Como piensa en su corazón (nephesh), tal es él”, pero la palabra hebrea nephesh acá usada significa en realidad “Como él piensa en su naturaleza inferior, eso es (se vuelve) él”. Un comentador sánscrito, Yāska (Nirukta, 10, 17) en su glosario sobre un cierto texto védico, hace la siguiente observación a propósito del mismo tema: Yad yad rūpam kāmayate devatā, tat tad devatā bhavati: “Cualquier cuerpo (o forma) que un ser divino (divinidad) anhele (quiera, desee, i.e., al que se entregue), esa misma cosa se vuelve el ser divino”. En esto se encuentra el secreto de todo. Nosotros somos lo que nos hacemos nosotros mismos, nuestros propios hijos. Nada sino eso. Y si nuestros pensamientos están dirigidos hacia arriba, al final alcanzamos la compañía de las divinidades; y antes de alcanzarlas, alcanzamos la compañía de los santos Maestros, porque nos hacemos así a nosotros mismos, nos volvemos como ellos; y ellos, a cambio, responden el llamado.
Pero si, por el contrario, nuestros pensamientos se precipitan hacia abajo, y desgastamos el hilo plateado o el hilo dorado que nos ata a nuestra naturaleza superior, entonces de manera natural gravitamos o nos dirigimos hacia abajo: abajo, abajo, abajo, hasta que por último acontece la ruptura final de la cadena o hilo de oro, y el alma se vuelve un alma perdida, un alma astral perdida; y su destino es el siguiente. Hay dos clases de este tipo de alma, como se observó con anterioridad. La primera clase es la más baja pero no la peor; consiste en aquellos seres humanos sobre este planeta (o sobre cualquier otro planeta que posea una humanidad similar a la nuestra) quienes, por una debilidad de alma de nacimiento y por falta de atracción espiritual hacia arriba, pierde el control luego de cierto intervalo de tiempo, largo o corto según el caso: la parte inferior de la naturaleza, siendo compuesta, impermanente y no duradera, siguiendo las leyes naturales, al final simplemente se disuelve y se desvanece de manera muy parecida a como el cuerpo humano muere y se descompone. Tal es su fin; es finalmente aniquilada.
La mónada de semejante alma, mientras tanto, no habiendo nada allí, ni aroma de aspiración ni anhelo de lo superior que llevarse de esa vida o de esas vidas —porque les recuerdo que es por completo cierto que las almas perdidas puedan reencarnar lo mismo que los seres con almas; en realidad pueden; existen niños que nacen como almas perdidas; quizás el hecho sea muy raro, pero puede suceder, y de hecho sucede—; la mónada de semejante alma perdida, les decía, a su debido tiempo “reencarna” de nuevo; y el episodio del alma perdida es como una página en blanco en su “libro de vidas”.
La segunda clase, y por mucho la peor, son aquéllos en los que el alma es vitalmente fuerte. Son ésos, paradójico como pueda sonar, espiritualmente malignos; ésos de quienes los maestros cristianos hablaron en el Nuevo Testamento como de seres con debilidad e iniquidad espiritual. Uno podría preguntarse cómo es que llega a pasar que un ser que ha roto el hilo dorado puede aún tener cualidades o partes espirituales. Ése es uno de los oscuros y solemnes misterios en los que entraremos en más detalles luego. Esta noche no tenemos tiempo para hacerlo, más allá de señalar que la explicación yace en la comprensión de la psicología esotérica y de la naturaleza de la materia astral superior. Pero déjenme señalar esto: si un alma puede recibir una impresión, un impulso, y eso tiene ciertamente que ser así, esa impresión o ese impulso continuará hasta que su fuerza inicial se agote, hasta que el impulso no exista más, hasta que el impulso se haya acabado. Por muchísimas vidas de malignidades espirituales, estos seres que eventualmente se han vuelto almas perdidas, han construido por medio de la intensidad de sus voluntades una cuenta bancaria, por decirlo así, de ciertas fuerzas de la naturaleza, impulsos de maldad, de materia pura, que se vuelven calientes y fuertes. Y cuando digo caliente no lo digo en el ordinario sentido emocional, como cuando uno habla del “calor de la pasión”. Toda esa pasión es muerte. No, sino que más bien se vuelven calientes como las llamas del infierno: venganza, odio y antagonismo a todo lo que es superiormente bueno o noblemente hermoso, y todo lo que se refiere a tales cosas. Existen acá estos impulsos, y tienen una fuente espiritual, pues ellos son energías espirituales degradadas, el espíritu caído y cristalizado en la materia, por decirlo así. En realidad este abstruso tema es muy difícil de explicar; pero esto es lo esencial de él. Por último debo agregar que estos seres pueden ir más bajo (y lo hacen) bajo ciertas condiciones: entran al sendero inferior, y siguen aún más lejos en su descenso; y si el mal es suficientemente fuerte en ciertos raros casos, su terrible destino es lo que los Maestros han llamado un avīchi-nirvana (siendo avīchi un término generalizado para lo que popularmente se llama infierno), eones de inenarrable miseria auto impuesta, hasta que resulta la disolución final: y la naturaleza los desconoce para siempre.
Recuerdan por supuesto que estudiamos el tema de los infiernos y de los cielos, pero aún no habíamos tenido tiempo de profundizar en este asunto. Avīchi es un término generalizado para lugares donde se realiza maldad (pero no de castigo en el sentido cristiano), donde la voluntad para el mal y los insatisfechos y malignos anhelos de egoísmo puro, encuentran su oportunidad de expansión —y final extinción de la entidad misma—. El Avīchi tiene muchos grados o graduaciones. La naturaleza tiene todo en ella; si tiene cielos donde los hombres buenos y correctos encuentran descanso, paz y dicha, también tiene otras esferas y estados hacia donde van o gravitan aquéllos quienes tienen que encontrar una válvula de escape para las pasiones malignas que los quema por dentro. Al final del avīchi-nirvana, ellos se desintegran y son pulverizados una y otra vez, y finalmente se desvanecen en el aire como una sombra ante la luz del sol: pulverizados en el laboratorio de la naturaleza.
De: Fundamentos de la filosofía esotérica, capítulo 16
G. de Purucker.

Etiquetas:

2 Comments:

Blogger gatos said...

Hola, Mauricio, ya te descubrí que tenés tu blog... y ni modo, yo también ¿adictivo, verdad?
En cuanto a esta entrada, yo creo que soy un alma perdida desde que nací o desde un poco después, pero creo que esa es la razón por la que no tolero estar en una iglesia.

Saludos cordiales

10:32 p. m.  
Blogger Mauricio Orellana Suárez said...

Hola gatos. Sí, se vuelve un poco adictivo. Buen blog tu Tzi, la encarnación. Me recuerda a alguien, a algo, a un tiempo.
Saludos.

7:21 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home

Tracker
Tracker